El Consejo Nacional Electoral autorizó al Pacto Histórico el espacio que pidió para responder a una reciente alocución presidencial de Abelardo De La Espriella. La intervención se realizaría este martes a las 8:00 p. m. y tendría el mismo tiempo utilizado por el presidente en su mensaje inicial.
De acuerdo con la información conocida, la réplica sería encabezada por Gustavo Petro desde Bruselas, Bélgica. La autorización se sustenta en el Estatuto de la Oposición, establecido en la Ley 1909 de 2018, cuyo artículo 15 permite a las organizaciones políticas declaradas en oposición controvertir la posición del Gobierno dentro de las 48 horas siguientes a una alocución presidencial, usando los mismos medios, horario y tiempo de la intervención oficial.
Ese mecanismo puede ejercerse hasta tres veces durante el año. En este caso, el Pacto Histórico fue la única organización que presentó la solicitud ante la autoridad electoral, por lo que no será necesario distribuir el tiempo entre distintos partidos de oposición de acuerdo con su representación en el Congreso. La organización dispondrá del mismo tiempo empleado por el mandatario en la alocución que originó la réplica.
La escena importa menos por su solemnidad que por lo que revela sobre los incentivos de la política colombiana. Cuando una oposición logra igualdad formal de tiempo frente al poder, gana visibilidad; cuando el Gobierno abre la puerta a la réplica, acepta que el debate público se mida en condiciones de simetría mínima. Eso es sano para las instituciones, pero también recuerda que la disputa sigue librándose en el terreno de la comunicación política, no en el de los resultados.
Para el lector, el dato relevante es simple: el aparato electoral aplicó una regla ya prevista y el sistema de oposición encontró un canal para contestar. En una coyuntura donde abundan acusaciones cruzadas, el principio en juego es el mismo de siempre: que el poder no monopolice la palabra. Conviene mirar los incentivos. Un Estado que tolera la réplica ordena mejor el conflicto; una oposición que usa ese espacio con disciplina puede convertir una queja en capital político.


