Una exigencia que no sobrevivió ni una jornada completa. El lunes, Donald Trump anunció en redes sociales la reanudación del bloqueo naval estadounidense a la navegación iraní y, en el mismo mensaje, impuso una tasa del 20% a todos los buques que transitaran el estrecho de Ormuz —incluidos los de los aliados de Washington— para reembolsar «todos y cada uno de los costos necesarios para realizar la labor de brindar seguridad a esta zona tan volátil del mundo». El martes, la propuesta había desaparecido. En su lugar, Trump ofreció cerrar «acuerdos comerciales y de inversión» con los aliados del Golfo a cambio de paso seguro.
El giro no es un episodio aislado. Es el capítulo más reciente de un conflicto que supera los cuatro meses y que, pese a un «memorando de entendimiento» firmado hace aproximadamente un mes, no muestra señales de resolución. Ese documento, intencionadamente vago según las fuentes, garantizó un alto al fuego temporal y estableció un marco negociador. Contemplaba miles de millones de dólares en inversiones prometidas en Irán, el levantamiento de sanciones internacionales y un papel iraní en la supervisión del tráfico marítimo en Ormuz. «La República Islámica de Irán hará todo lo posible para garantizar el paso seguro de los buques comerciales sin costo alguno», rezaba el texto.
El memorando se evaporó a las 15:16 GMT del martes, cuando Trump anunció en Truth Social la reanudación del bloqueo. Los iraníes respondieron intensificando ataques contra aliados estadounidenses y el transporte marítimo comercial, paralizando casi por completo el tráfico a través del estrecho. «El memorando de entendimiento está completamente muerto. Todo lo que estipulaba ha quedado sin efecto», declaró Rosemary Kelanid, directora del programa para Medio Oriente del centro de estudios Defense Priorities, con sede en Washington.
La contradicción interna es llamativa. El mes pasado, el secretario de Estado Marco Rubio había condenado explícitamente un plan iraní para cobrar tasas en el estrecho: «Ningún país tiene permitido cobrar peajes ni tasas en una vía navegable internacional. Esa es la legislación internacional vigente», sostuvo. La propuesta de Trump del 20% replicaba, en esencia, la misma lógica que Rubio había rechazado cuando procedía de Teherán.
Militarmente, las fuentes indican que Washington logra sus objetivos medidos en términos de capacidades iraníes degradadas, barcos y aviones destruidos. Políticamente, el conflicto permanece sin resolver. Irán, aunque debilitado, conserva la capacidad de negar el acceso al estrecho. Y sin una escalada drástica —que implicaría costos económicos y políticos domésticos difíciles de asumir— Washington dispone de instrumentos limitados para impedirlo. «Hemos vuelto al punto de partida, donde la pregunta era: ¿quién tiene más paciencia?», resume el análisis recogido en las fuentes. «Esto se ha convertido en una guerra de desgaste, y las guerras de desgaste suelen prolongarse durante mucho, mucho tiempo», advirtió Kelanid.
El bloqueo reimplantado interrumpe de nuevo los ingresos petroleros iraníes, sustento vital del régimen. Pero Trump enfrenta su propio dilema: escalar con costos internos crecientes, o aceptar un acuerdo que deje en pie a un gobierno hostil sin poder presentarlo como superior al pacto nuclear negociado por Barack Obama en 2015.
Conviene mirar los incentivos. La postura de Rubio —coherente con el derecho internacional y con la defensa de la libertad de navegación— representa la brújula más sólida disponible en esta coyuntura. El dato importa más que el ruido: cada reversión táctica de Washington erosiona la credibilidad disuasoria que, en última instancia, es el único activo que puede acortar una guerra de desgaste. El orden en el Golfo no se sostiene con peajes improvisados ni con documentos vagos; se sostiene con señales claras y costos creíbles. La historia sugiere cautela ante los atajos.

