El Ejército de Estados Unidos completó su undécima noche consecutiva de ataques contra Irán el 21 de julio, según comunicó el Mando Central (CENTCOM) poco después de las 20.15 horas del este. La operación continúa bajo el argumento oficial de «debilitar aún más la capacidad de Irán de amenazar el transporte marítimo comercial en el estrecho de Ormuz».
En esta ronda, el CENTCOM reportó haber golpeado centros de operaciones militares iraníes, instalaciones marítimas, hangares de aeronaves, almacenes de drones e infraestructura logística. El organismo acusó a Irán de haber atacado «a más de 30 buques comerciales» que transitaban por esa vía marítima, poniendo en peligro a «cientos de marineros inocentes» y socavando la libertad de navegación.
Pese a la intensidad de los bombardeos, el CENTCOM subrayó que el estrecho de Ormuz «permanece abierto al tránsito de buques comerciales». Desde principios de mayo, las fuerzas estadounidenses habrían facilitado el paso de aproximadamente 900 embarcaciones y 450 millones de barriles de petróleo crudo, cifras que el mando repite como indicador de efectividad de la campaña.
Desde el interior de Irán, agencias locales reportaron explosiones en múltiples puntos del país. La agencia estatal IRNA recogió testimonios de detonaciones cerca de Teherán y en Mahshahr, provincia de Juzestán, fronteriza con Irak. El gobernador de Bushehr, Mohamad Mozaffari, informó de «dos explosiones» en esa ciudad costera. Las autoridades de Sirik, frente al propio estrecho de Ormuz, reportaron impactos de «proyectiles enemigos estadounidenses» en los alrededores, aunque precisaron que «no se han registrado víctimas ni daños a infraestructuras residenciales y comerciales».
La campaña también alcanzó zonas portuarias del golfo de Omán: Ali Jalilabadi, número dos de seguridad de la gobernación de Sistán y Baluchistán, confirmó ataques «en las zonas de Chabahar y Konarak». Más al norte, la Dirección General de Gestión de Crisis de Azerbaiyán Oriental señaló que «una zona militar en los alrededores de Tabriz fue atacada», aunque aclaró que ningún punto dentro de la ciudad resultó afectado.
La geografía de los blancos —desde el litoral del golfo Pérsico hasta la frontera con Armenia y Azerbaiyán— revela una presión sistemática sobre la infraestructura militar iraní a lo largo y ancho del territorio, no solo sobre los puntos de acceso al estrecho.
Conviene mirar los incentivos. El estrecho de Ormuz concentra una fracción determinante del comercio energético global; cualquier interrupción sostenida elevaría los costos de transporte y presionaría los precios del crudo en mercados ya sensibles. La decisión de Washington de mantener la campaña por once noches consecutivas señala que la administración Trump considera que el costo de la inacción —dejar intacta la capacidad iraní de hostigar el tráfico marítimo— supera con creces el costo político y operativo de los bombardeos.
El dato importa más que el ruido: mientras Teherán acumula daños en su infraestructura logística y militar, el flujo comercial no se ha interrumpido. Esa es, precisamente, la métrica que Washington exhibe como prueba de resultado. La historia sugiere cautela ante campañas que se extienden sin un horizonte diplomático claro, pero el argumento de la libertad de navegación —un principio de orden internacional con respaldo amplio— le otorga a esta operación una legitimidad que sus críticos tendrán dificultades para erosionar con facilidad.

