Las olas de calor que azotan diversas partes del mundo no son solo un inconveniente estacional: incrementan un 12 por ciento el riesgo cardiovascular y elevan la probabilidad de infarto e ictus. Así lo advirtió el cardiólogo Rodrigo Ortega, del Hospital Universitario Quironsalud Pozuelo, ante las altas temperaturas registradas especialmente en Europa.
El mecanismo es preciso. Cuando el cuerpo enfrenta calor extremo, los vasos sanguíneos se dilatan —«similar a un sistema de tuberías que aumentan su diámetro y el sistema pierde presión», explicó Ortega— y el corazón compensa esa caída de presión acelerando su frecuencia cardíaca. A esa carga se suma la pérdida de líquido por sudoración, que obliga al músculo cardíaco a un esfuerzo adicional sostenido.
Quiénes corren más riesgo
Ortega señaló que los problemas de salud asociados a las altas temperaturas los padecen sobre todo los mayores de 70 años. «La edad no solo suma años, sino que también reduce la capacidad de termorregulación», subrayó. A ese grupo se suman las personas con patologías predisponentes y, en particular, los hipertensos: un tratamiento que controla correctamente la presión arterial en febrero puede generar hipotensión en agosto, por lo que el especialista recomendó medirse la tensión a diario durante el verano.
Un dato que conviene no ignorar: las primeras olas de calor son las más peligrosas. Según Ortega, la aclimatación —las pequeñas adaptaciones que amortiguan los efectos indeseados— aún no se ha producido cuando llega el primer episodio intenso de la temporada.
Medidas concretas
El cardiólogo enumeró recomendaciones de aplicación inmediata: mantenerse al corriente de la previsión meteorológica, evitar esfuerzos y ejercicio en las horas centrales del día, usar ropa ligera y transpirable, no descuidar la protección solar y mantener una hidratación adecuada, especialmente ante sudoración abundante. Insistió también en respetar los tratamientos farmacológicos y conservar los hábitos saludables del resto del año. El mayor consumo de alcohol, advirtió, «no debe convertirse en la norma».
La lectura de fondo
Conviene mirar los incentivos. La salud pública tiene un costo directo sobre los sistemas sanitarios —y, por extensión, sobre los contribuyentes— cuando los episodios de calor extremo se traducen en hospitalizaciones evitables. La evidencia médica aquí es clara: la prevención individual y la información oportuna reducen ese costo de forma eficiente, sin necesidad de aparato burocrático adicional.
El dato importa más que el ruido. Un 12 por ciento de incremento en riesgo cardiovascular no es una abstracción estadística: es la diferencia entre una tarde de verano y una urgencia hospitalaria para millones de personas vulnerables. La respuesta más efectiva sigue siendo la más sencilla: información precisa, adherencia al tratamiento y sentido común ante el termómetro.

