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Nir Itzjak, tres años después: reconstrucción entre el dolor y la amenaza de Gaza

Moshe Rozen, sobreviviente del ataque de Hamás en el kibutz Nir Itzjak, relata cómo él y su familia regresaron a casa tras una jornada en la que, dice, creyó que los iban a matar. La memoria de la masacre convive hoy con la reconstrucción y con la necesidad de recuperar la vida civil.
Internacionalmiércoles 7 de octubre de 2026

Tres años después del ataque de Hamás contra el kibutz Nir Itzjak, Moshe Rozen, argentino de 72 años, sigue midiendo el tiempo en heridas, rescates y retornos. Estuvo a punto de ser secuestrado y asesinado, y hoy vive de nuevo en la comunidad israelí junto a su esposa Diana, su hijo Eitan, su nuera Susan y su nieta Lili.

Rozen describió una mañana que comenzó con un bombardeo incesante alrededor de las 6:30 y que luego se convirtió, según su relato, en una invasión terrestre. Dijo que los terroristas entraron al kibutz, derribaron puertas y ventanas y destruyeron gran parte de su casa. Él y su esposa intentaron resistir, pero terminaron heridos gravemente en las manos por metralla.

La secuencia posterior fue todavía más violenta. Rozen afirmó que, tras ser heridos, miembros de la Yihad Islámica y de Hamás abrieron la puerta del refugio donde estaban y los obligaron a salir. Aseguró que entendieron de inmediato que se trataba de un secuestro hacia Gaza. Según su versión, los llevaron hasta una zona cercana al alambrado que separa el kibutz de la frontera, los apuntaron con las armas y les advirtieron que los iban a matar.

En ese momento, dijo, decidió repetirles varias veces «We go home». La frase, contó, fue un intento desesperado de convencerlos de que regresarían a su casa. Aprovechó un instante de confusión y corrió con las pocas fuerzas que le quedaban. «Estábamos seguros de que nunca íbamos a poder contar esta historia», afirmó.

El rescate tampoco trajo alivio inmediato. Rozen relató que pasaron muchas horas antes de recibir ayuda porque el kibutz seguía invadido y se libraban combates en la zona. Cuando finalmente fueron evacuados, los llevaron al Hospital Soroka, en Beersheba, pero la saturación de heridos y muertos obligó a trasladarlos en ambulancia al Hospital Hadassah, en Jerusalén. Dijo que ese trayecto también fue traumático por los enfrentamientos que aún persistían.

Han pasado tres años y, según Rozen, él y su esposa siguen en tratamiento. La recuperación física, afirmó, continúa siendo un proceso complejo. Pero el retorno al kibutz fue posible porque, dijo, la mayoría de los vecinos volvió y las nuevas generaciones también decidieron regresar. La llegada de su nieta Lili, nacida hace apenas unos meses, representa para ellos una señal de continuidad y esperanza.

En el acto central de conmemoración que se celebró hoy en Nir Itzjak, Rozen dijo que recordarán a los ocho miembros de la comunidad que fueron asesinados aquel día. Señaló que muchos salieron a defender el kibutz y murieron haciéndolo. En uno de los casos, el hijo de una de las víctimas nació meses después de que su padre muriera.

La historia de Nir Itzjak muestra algo que suele perderse entre la retórica de guerra y las consignas de las facciones armadas: cuando cae la protección básica del Estado o de la comunidad, la vida civil queda a merced de quienes usan la violencia como método político. Conviene mirar los incentivos. Si el costo humano de una ofensiva es este, la reconstrucción no puede depender solo del heroísmo de los sobrevivientes.

También hay una lección más amplia sobre orden y seguridad. Las sociedades no se sostienen únicamente con memoria, sino con capacidad de proteger a familias, hospitales y hogares cuando la violencia rompe la rutina. El dato importa más que el ruido: Rozen y los suyos volvieron porque decidieron resistir, pero el principio que queda en pie es otro, más elemental y más duro: sin seguridad, no hay vida normal ni futuro estable.

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