El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, descartó este jueves haber ejercido presión sobre el presidente Donald Trump para que reanudara los ataques contra Irán. En declaraciones a la cadena ABC News, Netanyahu calificó esas acusaciones de «caricatura» y fue enfático: seguir adelante con la ofensiva es «decisión del presidente».
La distinción importa. Netanyahu se situó expresamente como «socio secundario» de la alianza, reservando para Trump el papel de «socio principal». El encuadre no es retórico: define quién carga con la responsabilidad política de cada decisión militar y, por extensión, quién negocia los términos de cualquier salida diplomática.
Sobre el objetivo de la campaña, el primer ministro fue directo: «Todo aquello que conlleve el fin de su programa nuclear es nuestro objetivo». Ante la pregunta de si la ofensiva busca un cambio de régimen en Teherán, Netanyahu reencuadró la respuesta: «Mi objetivo es asegurar que el régimen iraní no posea armas nucleares». La distinción entre cambio de régimen y desnuclearización no es menor; marca el límite político que Israel, al menos en público, está dispuesto a cruzar.
Netanyahu dejó también una ventana abierta a la vía negociada. «Si existe suficiente presión económica y diplomática sobre Irán para que acepte un acuerdo, que lo intenten», afirmó. La frase sugiere que Tel Aviv no cierra la puerta a un arreglo diplomático, siempre que el resultado sea verificable y definitivo respecto al armamento nuclear.
El primer ministro reveló además un cálculo de riesgo previo al inicio de la campaña militar —cuyo arranque conjunto data de febrero, según la fuente—: antes de comenzar, «creía que Irán podría cerrar el estrecho de Ormuz», aunque consideró que Teherán tendría que sopesar seriamente las consecuencias de ese paso. Que el estrecho permanezca abierto hasta ahora es, en ese marco, un dato que los mercados energéticos y las cancillerías han de mantener en pantalla.
Conviene mirar los incentivos. Para Netanyahu, deslindar la autoría de la decisión de atacar tiene un valor político doble: protege la relación con Washington de cualquier narrativa que lo presente como el motor de una guerra que Trump no habría elegido libremente, y preserva su margen de maniobra interno en un momento en que la presión sobre el gabinete israelí es considerable.
Para la Casa Blanca, la arquitectura que describe Netanyahu —Trump como socio principal, Israel como secundario— encaja con la lógica de una administración que ha apostado por la presión máxima como palanca de negociación. El dato importa más que el ruido: si Irán termina sentándose a negociar bajo esa presión combinada, la narrativa de Trump como artífice del acuerdo quedará intacta. Si la escalada continúa sin acuerdo, la distribución de responsabilidades que Netanyahu acaba de trazar en ABC News adquirirá un relieve muy distinto.

