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Asia y China

Nepal revierte el cierre a equipos extranjeros mientras las inundaciones del Himalaya suman 676 muertos

El colapso de un glaciar en la frontera con China formó un nuevo lago que amenaza con desbordarse, en una carrera contra el tiempo que expuso el costo de cerrar la puerta a la ayuda internacional.
Foto: scmp.com
Asia y Chinadomingo 30 de agosto de 2026

Las inundaciones repentinas que golpearon la frontera entre Nepal y China dejaron 676 muertos y casi 3.000 desaparecidos, según reportó Associated Press. Los equipos de rescate siguen extrayendo a sobrevivientes cubiertos de un barro oscuro y espeso, mientras los helicópteros evacúan a personas atrapadas en zonas de difícil acceso.

El desastre se originó el miércoles tras el colapso de un glaciar en las montañas del Himalaya. Ese colapso generó una nueva laguna a gran altura que, advierten los expertos citados por AP, ha comenzado a desbordarse, lo que mantiene a los rescatistas en alerta ante la posibilidad de nuevas crecidas.

En el lado chino de la frontera, un equipo se descolgó con cuerdas hacia un puesto de control severamente dañado por la crecida, en uno de los episodios más críticos de la operación conjunta. Del lado nepalí, el ejército fue desplegado para intentar rescatar a más de 100 personas que se cree quedaron atrapadas dentro de un túnel en una planta hidroeléctrica, ubicada en el distrito más golpeado del país. Como en otros puntos de la zona de desastre, el trabajo de los rescatistas se ve complicado por capas gruesas de barro que cubren el sitio.

Un dato administrativo resulta tan relevante como la tragedia misma: Nepal revirtió una decisión previa y ahora permitirá el ingreso de equipos y expertos extranjeros para apoyar las tareas de rescate. La medida llega después de que el gobierno, en un primer momento, optara por restringir esa ayuda.

El dato importa más que el ruido. Que Katmandú haya necesitado revertir su propia decisión, en medio de una catástrofe con miles de vidas en juego, dice más sobre los reflejos del Estado que cualquier comunicado oficial. La instrucción inicial de mantener cerrada la frontera a la asistencia técnica externa —justificada probablemente en soberanía o control— se topó con una realidad que no admite demoras: glaciares que colapsan, túneles con más de cien personas atrapadas y una nueva laguna que amenaza con repetir el desastre.

La historia sugiere cautela frente a los instintos burocráticos de control en situaciones de emergencia. Cuando el costo de cada hora se mide en vidas, la apertura a capacidades externas —equipos especializados, tecnología de rescate, coordinación transfronteriza con China en el propio punto de colapso— no es una concesión política, sino una condición básica de eficacia. El hecho de que la reversión haya llegado después, y no antes, del pico de la crisis es un recordatorio de que las instituciones que privilegian el cierre sobre la cooperación terminan pagando ese costo con el tiempo de respuesta, el recurso más escaso en un desastre de esta magnitud.

Queda pendiente, además de la cifra final de víctimas, la evaluación de por qué la decisión original de restringir la ayuda tardó en corregirse, y qué mecanismos institucionales permitirán, en la próxima emergencia, que la puerta se abra antes de que el barro cubra a los primeros rescatistas.

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