El Ministerio de Exteriores de Rusia elevó el tono esta semana contra Ucrania. Su portavoz, Maria Zajarova, afirmó que los ataques recientes de las fuerzas de Kiev han dejado 61 muertos y 327 heridos en el lapso de siete días, y advirtió que esa escalada «retrasa las perspectivas de paz y seguridad» en el continente europeo.
La declaración llegó el mismo día en que el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, presumió públicamente de haber infligido 700.000 bajas al Ejército ruso desde el inicio de la invasión en 2022. La simultaneidad de ambos mensajes ilustra la distancia que separa a las partes: cada capital mide el conflicto con su propio contador de costos.
Zajarova acusó a Kiev de atacar zonas comunitarias, instalaciones agrícolas, viviendas particulares y centros de culto. También denunció el uso de minas antipersona lanzadas con drones para incrementar bajas civiles en Donbás y en la región que Moscú denomina «Nueva Rusia», denominación que abarca áreas del este y sureste de Ucrania actualmente bajo ocupación rusa.
«Este terror se perpetra con la plena aprobación de los patrocinadores occidentales del régimen de Kiev, quienes suministran armas para atacar a la población civil», señaló la funcionaria, según el comunicado del Ministerio. Zajarova añadió que esos patrocinadores deberán rendir cuentas «tras el inevitable colapso de sus protegidos ucranianos».
El contexto diplomático agrava el estancamiento. Según la fuente, las conversaciones de paz permanecen suspensas mientras Estados Unidos, que actúa como mediador, concentra atención en su propio involucramiento en Oriente Próximo. Washington no ha fijado una fecha para retomar el proceso.
Moscú, por su parte, cerró el comunicado con un mensaje de firmeza: «Nuestro país cuenta con los recursos necesarios, la voluntad política y la demanda popular» para continuar protegiendo a sus ciudadanos, en palabras de Zajarova.
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Conviene mirar los incentivos. Rusia emite estas advertencias en un momento en que el calendario diplomático le favorece: la atención de Washington está fragmentada, y cada semana sin negociaciones consolida posiciones territoriales sobre el terreno. La retórica de Zajarova no es solo un boletín de bajas; es una señal dirigida a los aliados occidentales de Ucrania para que calibren hasta dónde llega su disposición a sostener el esfuerzo bélico.
El dato importa más que el ruido. Que Zelenski anuncie 700.000 bajas rusas el mismo día en que Moscú contabiliza sus propias víctimas civiles revela que ambos bandos libran también una guerra de narrativa orientada a sus respectivas audiencias internas y a los capitales que financian o arman cada frente. La historia sugiere cautela ante cifras de guerra no verificadas de forma independiente; lo verificable, por ahora, es que las conversaciones siguen sin fecha y que el costo humano acumula en ambas direcciones.


