La Resistencia Islámica en Irak, milicia proiraní, anunció este jueves una recompensa de 10 millones de dólares para quien asesine al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. El comunicado del grupo señala que los recursos provienen de aportes de sus propios integrantes y simpatizantes, y establece que la suma será entregada a quien «mate al criminal Trump».
La amenaza se produjo horas después de que Trump, durante una reunión en la Casa Blanca con el primer ministro iraquí Ali al Zaidi, volviera a atribuirse la orden del ataque que en enero de 2020 acabó con la vida del comandante de la Guardia Revolucionaria iraní, Qasem Soleimani, y del entonces subcomandante de las Fuerzas de Movilización Popular de Irak, Abu Mahdi al Muhandis, en el Aeropuerto Internacional de Bagdad.
«Yo lo maté. Se fue una persona muy mala. Casualmente se estaba reuniendo en el aeropuerto y una persona muy mala de Irak, que resultó ser un líder de Irak, murió en ese mismo ataque», declaró el presidente estadounidense ante su homólogo iraquí.
La milicia calificó esas palabras de «fanfarronada» y sostuvo que constituyen una muestra del «declive moral» de la administración estadounidense. «La prueba más elocuente del declive moral de la Administración estadounidense es que el criminal Trump se jacte de su traición y agresión al atacar a los líderes mártires de la victoria», afirmó el grupo en su comunicado. El texto añade que las declaraciones del mandatario «no han hecho más que aumentar la nobleza y la inmortalidad de su sangre», mientras que, según la organización, a Trump solo le han dejado «la deshonra y la vergüenza eternas».
El episodio representa una nueva escalada en la tensión entre grupos aliados de Irán y Washington, tensión que no ha cesado desde el golpe de 2020 y que se mantiene como uno de los ejes más volátiles del orden internacional en Oriente Medio.
Conviene mirar los incentivos. La amenaza llega en un momento en que la administración Trump negocia con Teherán el futuro de su programa nuclear, lo que convierte este anuncio en un instrumento de presión tanto simbólico como operativo. Grupos como la Resistencia Islámica en Irak operan en el espacio gris entre la política iraní oficial y la acción paramilitar: Teherán puede distanciarse formalmente del comunicado mientras sus aliados envían la señal.
El dato importa más que el ruido. Una recompensa de esta naturaleza, independientemente de su viabilidad práctica, eleva el costo diplomático de cualquier aproximación entre Washington y Bagdad, y complica la posición del primer ministro Al Zaidi, que acaba de sentarse en la Casa Blanca. Para la política exterior de Marco Rubio y el equipo Trump, la respuesta más eficaz no será retórica: será la que demuestre que las amenazas contra un presidente estadounidense tienen consecuencias medibles para quienes las emiten.

