La crisis en el Estrecho de Ormuz dejó una factura energética que México no puede ignorar. Según un análisis del Centre for Research on Energy and Clean Air (CREA), el país acumuló un costo adicional neto de 2 500 millones de dólares únicamente en gasolina entre marzo y agosto de 2026, lo que lo convirtió en el segundo país más afectado a nivel mundial en ese rubro, superado apenas por Indonesia, con 2 600 millones de dólares. Australia quedó en tercer lugar con 1 100 millones, menos de la mitad del monto registrado por cualquiera de los dos primeros.
México e Indonesia concentraron en conjunto alrededor de una cuarta parte de los 20 400 millones de dólares en costos adicionales netos registrados en el mercado mundial de gasolina durante ese periodo, de acuerdo con el mismo reporte.
El mecanismo del golpe es claro. La gasolina promedió 133 dólares por barril entre marzo y agosto, un 43 por ciento por encima de los 93 dólares que anticipaban los mercados de futuros antes del inicio del conflicto. La presión fue aún mayor en diésel y gasóleo, que promediaron 161 dólares por barril frente a una expectativa previa de 101 dólares, una prima de 59 por ciento. El petróleo crudo se ubicó 35 por ciento por encima de lo previsto.
En términos brutos, México pagó 4 705 millones de dólares adicionales a lo previsto por sus importaciones de diésel, gasolina, turbosina y gas natural, lo que lo situó como el vigésimo país más afectado a nivel global en el conjunto de energéticos. Sin embargo, el país logró amortiguar parte de esa factura: obtuvo 2 900 millones de dólares adicionales por exportaciones de energéticos respecto a lo previsto antes de la guerra, de los cuales alrededor de 2 500 millones —el 86 por ciento— correspondieron al petróleo crudo. El saldo negativo total para México, considerando costos e ingresos adicionales, quedó en 1 804 millones de dólares.
La crisis también alcanzó a la aviación. México registró alrededor de 600 millones de dólares en costos adicionales netos por combustible para aviones entre marzo y agosto, un nivel comparable al de España, aunque por debajo de Reino Unido (2 200 millones), Australia (1 500 millones), Hong Kong (1 300 millones) y Francia (1 100 millones).
A escala global, el CREA estimó que los importadores de combustibles fósiles desembolsaron 330 000 millones de dólares adicionales durante los seis meses posteriores al inicio de las hostilidades. China encabezó la lista de países más afectados en el conjunto de energéticos con 31 700 millones de dólares, seguida por India (14 400 millones) y Japón (10 400 millones).
Conviene mirar los incentivos. El hecho de que México haya podido compensar parte del impacto gracias a sus exportaciones de petróleo crudo revela una dependencia estructural que opera en ambas direcciones: el país vende crudo sin refinar y compra combustibles procesados a precios que fija el mercado internacional. Esa asimetría —exportar materia prima, importar valor agregado— es precisamente la que amplifica la vulnerabilidad cuando los mercados se tensan. El aparato estatal no ha resuelto esa ecuación en décadas, y la crisis en Ormuz la expone con aritmética brutal. El dato importa más que el ruido: 1 804 millones de dólares en saldo negativo no es una abstracción macroeconómica; es capacidad fiscal que se evapora y que, en última instancia, recae sobre el contribuyente y sobre la competitividad de la libre empresa mexicana.



