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Finanzas y economía

El peso fuerte, un favor de la Fed y el Banco de Japón

La apreciación del peso mexicano hasta niveles no vistos desde 2024 responde menos a la política económica interna que a intervenciones del Tesoro estadounidense y a la coordinación cambiaria entre Washington y Tokio.
Foto: elfinanciero.com.mx
Finanzas y economíamiércoles 2 de septiembre de 2026

El peso mexicano cerró el 19 de agosto en 16.9466 unidades por dólar, una apreciación diaria de 0.70% que rompió la barrera de los 17 pesos y marcó su mejor nivel desde mayo de 2024. La cifra circuló como triunfo cambiario. Los datos, sin embargo, apuntan a un origen externo: dos intervenciones ajenas a la política mexicana, ejecutadas en Washington y Tokio, que modificaron las condiciones globales de liquidez y apetito por riesgo.

El primer episodio ocurrió cuando el Tesoro de Estados Unidos anunció, de manera sorpresiva, que duplicaría sus recompras de bonos de largo plazo, de 2,000 a por lo menos 4,000 millones de dólares por operación, en títulos con vencimientos de entre 10 y 30 años. El programa arranca el 9 de septiembre y se mantendrá durante el resto del trimestre de financiamiento. El objetivo declarado fue mejorar la liquidez en los tramos largos del mercado de deuda estadounidense.

El efecto inmediato fue una caída del rendimiento del bono a 30 años y un retroceso del índice del dólar de alrededor de 0.8% en la jornada. Menores rendimientos en dólares reducen el atractivo relativo de esos activos y empujan capitales hacia monedas de mayor rendimiento, entre ellas el peso, gracias al diferencial de tasas que México todavía mantiene frente a Estados Unidos. Conviene mirar los incentivos: no fue una decisión de política mexicana la que movió la aguja, sino un ajuste técnico en la gestión de deuda de otro país.

El segundo episodio añade una capa distinta. A principios de agosto, Japón y Estados Unidos coordinaron una intervención conjunta —la primera desde 2011— para frenar la depreciación del yen, que se había acercado a 164 unidades por dólar y que tras la acción se fortaleció hasta cerca de 158. Durante años, las tasas bajas japonesas convirtieron al yen en moneda de financiamiento para el carry trade: endeudarse barato en yenes para invertir en activos de mayor rendimiento, como los denominados en pesos.

Una apreciación abrupta del yen debería, en teoría, disparar el cierre de esas posiciones y presionar al peso a la baja. Ocurrió lo contrario: al reducirse el riesgo de una depreciación desordenada del yen, disminuyó también la posibilidad de una reversión abrupta del carry trade, lo que sostuvo el atractivo de monedas de alto rendimiento. Analistas citados en el reporte señalan que la intervención conjunta incluso incrementó el apetito por el carry ante la expectativa de que el yen volviera a debilitarse. Una paradoja: la defensa del yen terminó siendo, indirectamente, un respaldo al peso.

El propio análisis advierte que ninguna de las dos intervenciones fortaleció al peso de forma directa; solo modificaron variables —tasas, dólar, apetito por riesgo— que determinan su precio. La recompra de bonos no resuelve las preocupaciones sobre el déficit fiscal ni el endeudamiento estadounidense, y de hecho los rendimientos volvieron a subir tras la reacción inicial. Tampoco hay garantía de que Japón no busque, con nuevas intervenciones o alzas de tasas de su banco central, revertir de forma permanente la tendencia del yen; si lo logra, el efecto sobre el peso podría ser el opuesto: salida de posiciones en monedas emergentes.

El dato importa más que el ruido. La fortaleza cambiaria mexicana descansa, por ahora, sobre decisiones tomadas en Washington y Tokio, no sobre una mejora estructural de la economía mexicana. Es un peso prestado, sostenido por diferenciales de tasas y por la paciencia de fondos que operan carry trade, no por inversión productiva ni por certeza jurídica interna.

La historia sugiere cautela. Cuando el gobierno mexicano celebra el nivel del peso como logro propio, omite que su base es volátil y ajena. Un aparato estatal que no fortalece el estado de derecho ni ofrece garantías a la inversión de largo plazo no puede exhibir como mérito una apreciación que depende del apetito por riesgo de operadores extranjeros. El verdadero examen llegará cuando la Reserva Federal o el Banco de Japón cambien de rumbo: ahí se verá si México construyó fundamentos propios o solo administró, con suerte, una coyuntura ajena.

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