Una investigación de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) confirmó la presencia de residuos farmacéuticos en distintos tramos del río Bogotá. El hallazgo abarca analgésicos, antibióticos y medicamentos para el tratamiento de la hipertensión, detectados mediante equipos de alta precisión capaces de identificar compuestos en concentraciones mínimas.
Los monitoreos cubrieron 15 puntos estratégicos de la cuenca, desde el municipio de Villapinzón hasta el Salto del Tequendama, e incluyeron la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) Salitre. El estudio se concentró en los denominados contaminantes emergentes: sustancias ausentes de los monitoreos ambientales convencionales que provienen del uso cotidiano de medicamentos, productos de higiene personal y otros compuestos químicos.
La investigación no se limitó al laboratorio. Una encuesta aplicada a 207 habitantes de municipios ubicados en la cuenca reveló patrones de consumo y descarte que agravan el problema. Entre las prácticas documentadas figuran la compra de medicamentos sin prescripción médica, la suspensión de tratamientos antes de concluirlos y la conservación de productos vencidos o sobrantes en el hogar.
El dato más llamativo: cuatro de cada diez personas encuestadas reconocieron desechar medicamentos en la basura convencional. Otros participantes señalaron que los eliminan por el sanitario o el lavamanos, vías directas hacia quebradas y ríos.
Según la literatura científica consultada por la CAR, este tipo de contaminantes puede afectar a los organismos acuáticos, contribuir al desarrollo de bacterias resistentes a los antibióticos y permanecer durante largos periodos en sedimentos y tejidos vivos. La autoridad ambiental precisó que los resultados no representan una alerta inmediata para la población, pero sí constituyen una herramienta para fortalecer la gestión de la calidad del agua y orientar estrategias de educación ambiental.
Como respuesta, la CAR invitó a la ciudadanía a llevar los medicamentos vencidos o en desuso a sus Puntos Azules o a los programas autorizados de recolección posconsumo.
Conviene mirar los incentivos. La contaminación farmacéutica del río Bogotá no es, en lo fundamental, un problema de regulación insuficiente: es un problema de información y de hábitos. Cuatro de cada diez hogares desechan medicamentos como si fueran residuos ordinarios no porque ignoren que existe un río, sino porque nadie les ha explicado con claridad la cadena de consecuencias ni les ha puesto a disposición una alternativa cómoda. La infraestructura de los Puntos Azules existe; la cultura de usarla, no.
El dato importa más que el ruido. Antes de escalar hacia nuevas capas de burocracia ambiental o de imponer cargas adicionales a la industria farmacéutica, la evidencia señala hacia la educación directa al consumidor y hacia la ampliación de los puntos de recolección posconsumo, soluciones de bajo costo y alto impacto que no requieren aparato estatal adicional. La calidad del agua es un bien público que se defiende mejor con ciudadanos informados que con regulaciones que nadie cumple.



