El fútbol volvió a hacer lo que los diplomáticos no han podido: poner las Malvinas en el centro del debate global. Tras el triunfo de Argentina 2-1 sobre Inglaterra en la semifinal del Mundial 2026, disputada en Atlanta, los jugadores argentinos desplegaron en la cancha una pancarta con la frase «Las Malvinas son argentinas». El Reino Unido presentó un reclamo formal ante la FIFA para que investigue el episodio. El gesto duró segundos; la disputa lleva siglos.
Raíces coloniales, no modernas
El litigio por la soberanía del archipiélago —Malvinas para Argentina, Falkland Islands para el Reino Unido— se remonta a los siglos XV y XVI. España fundamentó parte de su reclamación en el Tratado de Tordesillas de 1494. Según The Dictionary of Falklands Biography, de Graham Pascoe, el primer descubrimiento ampliamente reconocido por ambas partes corresponde al navegante holandés Sebald van de Weert, quien avistó las islas en 1600. En 1690, el capitán británico John Strong realizó el primer desembarco documentado y bautizó el estrecho entre las dos principales islas como Falkland Sound.
En 1764, el explorador francés Antoine de Bougainville fundó Port Louis en la isla Soledad. Un año después, el comodoro británico John Byron reclamó la isla Gran Malvina para la Corona. En 1766, Francia transfirió su colonia a España, que asumió el control en 1767 e incorporó el territorio al Virreinato de Buenos Aires. Ese mismo año, el Reino Unido estableció el asentamiento de Port Egmont.
En 1770, fuerzas españolas expulsaron a los británicos de Port Egmont. Ambas potencias llegaron a un acuerdo en 1771, aunque España dejó constancia de que no renunciaba a sus derechos. En 1774, el Reino Unido abandonó voluntariamente el asentamiento por razones económicas y estratégicas, dejando una placa que mantenía su reclamación. Desde entonces y hasta 1811, España administró las islas de forma exclusiva.
El quiebre de 1833
Tras la independencia declarada el 9 de julio de 1816, las Provincias Unidas del Río de la Plata sostuvieron que heredaban los derechos territoriales españoles. En noviembre de 1820, el coronel Daniel Jewett izó por primera vez la bandera de las Provincias Unidas en Puerto de Soledad. El 10 de junio de 1829, Buenos Aires designó a Luis Vernet como gobernador político y militar del archipiélago; el Reino Unido rechazó formalmente esa decisión.
En 1831, el buque estadounidense USS Lexington destruyó las instalaciones de Puerto de Soledad como represalia por la incautación de embarcaciones pesqueras estadounidenses ordenada por Vernet. El 2 de enero de 1833 llegó el HMS Clio. Al día siguiente, el capitán John James Onslow ordenó reemplazar la bandera argentina por la británica. Las fuerzas argentinas se retiraron sin enfrentamiento armado ante la superioridad militar británica.
En 1842 fue nombrado el primer gobernador civil británico, Richard Moody, y en 1845 las islas se constituyeron formalmente como Colonia de la Corona. Ese mismo año, la Batalla de la Vuelta de Obligado —en territorio continental argentino— pasó con el tiempo a convertirse en un símbolo de la defensa de la soberanía nacional y es frecuentemente vinculada por Argentina con su reclamo sobre las Malvinas.
En 1849, Argentina y el Reino Unido firmaron la Convención Arana-Southern, que restableció relaciones diplomáticas tras los bloqueos anglo-franceses del Río de la Plata. El tratado no resolvió la controversia y ambas partes mantienen interpretaciones distintas sobre su alcance.
El dato importa más que el ruido.
Lo que la pancarta en Atlanta ilustra con más precisión que cualquier comunicado diplomático es la persistencia del agravio como recurso político. Para Argentina, las Malvinas son un eje identitario que ningún gobierno —de izquierda ni de derecha— puede ignorar. Para el Reino Unido, la autodeterminación de los habitantes del archipiélago es el argumento central desde 1982.
Conviene mirar los incentivos. Un conflicto territorial sin mecanismo de resolución acordado es terreno fértil para la movilización emocional cada vez que ambos países se cruzan, en cualquier cancha. La historia sugiere cautela: cinco siglos de reclamos cruzados no se resuelven con pancartas ni con quejas ante la FIFA. Lo que sí se resuelven, o no, son las relaciones económicas, las rutas marítimas y los recursos del Atlántico Sur que rodean el archipiélago. Esos intereses concretos merecen más atención que el ruido del vestuario.



