Mali atraviesa su momento más crítico desde los golpes de Estado de 2020 y 2021. La junta militar que gobierna el país rompió con Francia y Estados Unidos para contratar la protección de los mercenarios rusos del Africa Corps, pero ese cálculo está saliendo mal: el grupo yihadista Jama'at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM) ha puesto en retirada a batallones de soldados rusos en al menos dos ocasiones este año, según reportes regionales.
El balance de sangre es elocuente. JNIM y otro grupo afín son señalados como responsables de la muerte de 50 soldados malienses este mes y del fallecimiento del ministro de Defensa del país a principios de año. La capital, Bamako, está bajo lo que analistas describen como un cerco progresivo.
Lo que está en juego trasciende la geografía saheliana. JNIM, que fue designada formalmente como Organización Terrorista Extranjera durante la primera administración Trump en 2018, tiene como objetivo declarado transformar Mali en un Estado islamista yihadista. De lograrlo, sería el primer país del mundo gobernado por un grupo de esa naturaleza. El Estado Islámico (ISIS) opera también con libertad en territorio maliense y mantiene vínculos con organizaciones terroristas en la vecina Nigeria.
El diario The Washington Post publicó que Estados Unidos está considerando ataques aéreos contra JNIM en Mali. Un funcionario del Departamento de Estado no desmintió ese reporte ante Fox News Digital, pero sí utilizó un lenguaje que analistas regionales interpretan como señal de que el período de advertencias verbales podría estar llegando a su fin: «Estados Unidos condena sin ambigüedades la actividad terrorista en Mali», declaró el funcionario, añadiendo que Washington «está comprometido con promover la cooperación regional contra las amenazas terroristas y con monitorear indicadores y advertencias de amenazas a nuestra seguridad interna».
El contexto geopolítico agrava el cuadro. El general Dagvin Anderson, comandante del Africa Command, advirtió a legisladores que la reducción de la presencia estadounidense en África ha debilitado las capacidades de inteligencia, creando lo que describió como un «agujero negro» de información, mientras Rusia, China y grupos terroristas expanden su influencia en el continente. La apuesta de la junta maliense por Moscú no solo no ha contenido a JNIM, sino que ha dejado al país sin los socios occidentales que podrían haber aportado inteligencia y capacidad de fuego precisas.
Conviene mirar los incentivos. Rusia llegó al Sahel ofreciendo protección sin condiciones democráticas; el resultado es un ejército mercenario que retrocede ante milicias yihadistas y un Estado que se acerca al colapso. La historia sugiere cautela ante los vacíos de poder: cuando un gobierno falla en controlar su territorio, los grupos que llenan ese vacío rara vez son benignos para sus vecinos ni para los intereses de Occidente.
Para Washington, la ecuación es incómoda pero clara. Actuar en Mali implicaría proyectar fuerza en un país cuya junta expulsó la presencia occidental y abrazó a Moscú. No actuar podría significar tolerar el primer Estado yihadista formal del mundo en una región que ya exporta inestabilidad hacia el norte de África y Europa. El dato importa más que el ruido: JNIM no está negociando, está avanzando.

