La jornada inaugural de la Asamblea General de la ONU volvió a poner a Gaza en el centro del debate, pese al alto el fuego, y mostró cuánto pesan las palabras cuando el conflicto ya ha tensado la diplomacia global.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron, acusó a Israel de violar los derechos palestinos en el West Bank y cuestionó la justificación de sus acciones. En una frase que fue traducida como «Hamás nunca estuvo activo en el West Bank», abrió la puerta a una nueva disputa con Jerusalén.
El embajador de Israel ante la ONU, Danny Danon, rechazó esa afirmación. «Hace apenas dos días, un ciudadano francés fue asesinado allí», escribió en X. «Señor presidente, Emmanuel Macron, haga la tarea antes de dar lecciones a Israel. Revise los hechos».
Consultado por Fox News Digital para aclarar los comentarios de Macron, un portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia dijo que el presidente quiso decir que Hamás no gobierna el West Bank. Añadió que sus declaraciones «no deben ser malinterpretadas».
La reacción estadounidense también fue inmediata. El embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, reposteó una intervención del ministro israelí de la Diáspora y de la Lucha contra el Antisemitismo, Amichai Chikli. Huckabee afirmó: «Cuesta imaginar un discurso más desconectado de la realidad que el de Macron en la ONU. @AmichaiChikli corrige el registro. Hamás es una plaga maligna, y han matado a inocentes ciudadanos estadounidenses».
El mensaje de Chikli citado por Huckabee sostuvo en parte que, desde 1990, Hamás ha cometido más de 80 ataques terroristas letales originados en o dirigidos desde Judea y Samaria, matando a más de 350 civiles israelíes. Judea y Samaria es otro término para el West Bank.
Macron también acusó a Israel de socavar la soberanía del vecino Líbano. El episodio confirma que, en la ONU, el margen para el matiz es mínimo cuando la guerra ya ha convertido cada palabra en una señal política.
Conviene mirar los incentivos. Cuando una potencia europea formula críticas sobre Israel con lenguaje ambiguo, gana aplausos en ciertos foros, pero arriesga credibilidad ante los aliados que exigen precisión sobre Hamás y sobre la seguridad regional. En conflictos así, el orden internacional no se sostiene con consignas, sino con definiciones claras.
La lección para los contribuyentes y para las democracias que todavía toman en serio su palabra es simple: la diplomacia cuesta menos cuando habla con exactitud. La ambigüedad puede servir a la política interna de corto plazo, pero suele encarecer la estabilidad que dicen defender.
