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Lungro, el pueblo calabrés que bebe mate desde hace 140 años y lo celebra con festival propio

Un pueblo de 3.145 habitantes en el sur de Italia mantiene viva una tradición traída por sus emigrantes retornados de Argentina. La 12.ª edición del Festival del Mate se celebra el 31 de julio y el 1 de agosto.
Imagen ilustrativa
Europaviernes 31 de julio de 2026

A 270 kilómetros al sur de Nápoles, en la región de Calabria, existe un pueblo de 3.145 habitantes llamado Lungro donde los negocios de la calle principal exhiben mates en sus vitrinas y paquetes de yerba de medio kilo llevan el nombre del lugar. No es una instalación artística ni un guiño turístico forzado: es el resultado de 140 años de intercambio migratorio con Argentina.

La historia comenzó cuando familias lungresas emigraron al Cono Sur huyendo de la hambruna y la falta de empleo que azotaba el sur de Italia. Cuando la situación mejoró y muchos regresaron, trajeron consigo sus mates. Quienes se quedaron en Argentina los enviaban como souvenirs. Así la infusión se instaló en la rutina de Lungro, donde la hora preferida para beberla es la mañana o la tarde, acompañada del Viscote të pirvi luar, un bizcocho redondo de corteza dura y miga blanda.

En 2014, la localidad dio un paso formal: se declaró Capital Europea del Mate. La impulsora fue Anna Stratigò, fundadora de la Academia del Mate, quien organizó el primer festival para evitar que la costumbre se diluyera ante el envejecimiento de la población y la reducción del tamaño de los hogares. «Quien lo bebe, lo bebe todos los días», resumió Stratigò al explicar el propósito del evento.

Esta semana se celebra la 12.ª edición del festival, con un programa que incluye un circo itinerante, clases de tango, un concierto de jazz, una charla sobre las propiedades de la yerba mate y un espectáculo musical dedicado a la cultura argentina e italiana. Cada año llegan visitantes argentinos al evento y las banderas albicelestes ondean junto a las italianas en las calles del pueblo.

El vínculo también tiene expresión comercial. La hacienda argentina Molinos Unidos produce una yerba con el nombre Lungro, en un paquete de 500 gramos ilustrado con la iglesia de San Nicola di Mira y el cordón montañoso del lugar. Stratigò lo describió como «el regalo más grande» que pudo recibir el pueblo por los 140 años de amistad. Un intento anterior de cultivar yerba mate en Lungro con apoyo de la Universidad Nacional de Misiones no prosperó; el cultivo no logró proliferar en el suelo calabrés. La calabaza usada como recipiente, en cambio, sí se cosecha allí.

«Somos gente alegre, personas sociales, que aman la música y el arte. Cuando los lungreses fueron a Argentina como inmigrantes, abrazaron rápido las tradiciones del país, en particular el mate», explicó Stratigò. «Los lungreses se sienten un poco argentinos, no solo por el mate, sino porque característicamente nos parecemos mucho al argentino».

Conviene mirar los incentivos que explican por qué una tradición sobrevive 140 años lejos de su origen: no fue una política cultural ni un subsidio estatal, sino el movimiento espontáneo de personas que llevaron y trajeron objetos con carga afectiva. El mate de Lungro es, en ese sentido, un caso de libro sobre cómo la migración libre transfiere capital cultural sin necesidad de aparato burocrático. El festival que lo celebra cada año no hace más que institucionalizar lo que la sociedad civil ya había construido por su cuenta, un modelo que rara vez falla cuando el Estado no interfiere en el proceso.

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