Los presidentes Luiz Inácio Lula da Silva y Xi Jinping mantuvieron una conversación telefónica en la que acordaron reforzar los lazos entre Brasil y China, según comunicados difundidos por ambos gobiernos. El contacto se produjo días después de que Estados Unidos confirmara aranceles del 25% a las exportaciones brasileñas.
Lula trasladó a Xi el compromiso de Brasil con «diversificar mercados y socios comerciales». En declaraciones previas, el mandatario brasileño había minimizado el impacto de las tasas estadounidenses: «No nos vamos a poner a llorar por lo que no pudimos venderles porque vamos a buscar otros compradores», afirmó. En la nota oficial, destacó los «buenos resultados» del comercio bilateral y la exención mutua de visas de corta duración, medida que, según Brasilia, ampliará el flujo turístico y las oportunidades de negocio.
La agenda de cooperación acordada es amplia. Lula anunció en sus redes sociales que ambos líderes reiteraron «el propósito compartido de ampliar la cooperación en áreas estratégicas y de alta tecnología, como inteligencia artificial, satélites, procesamiento de minerales críticos y comercio de fertilizantes». También mencionaron la necesidad de avanzar en un acuerdo comercial entre China y el Mercosur.
En el plano multilateral, ambos presidentes coincidieron en señalar el multilateralismo como vía para enfrentar la «proliferación de conflictos alrededor del mundo» y criticaron la «incapacidad» del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para responder a estas crisis. Abogaron por la libre navegación en los estrechos de Ormuz y Bab al Mandeb, y pusieron de relieve la situación humanitaria en Gaza.
Fue Xi quien fijó el marco político más explícito. Según el comunicado del gobierno chino, el presidente instó a Beijing y Brasilia a posicionarse «firmemente del lado correcto de la historia y del progreso», en su condición de «miembros importantes del sur global». Pekín identificó los BRICS como el mecanismo para impulsar la reforma del sistema de gobernanza global y la defensa de la «equidad y la justicia internacionales».
Conviene mirar los incentivos. Para China, el distanciamiento de Brasil respecto a Washington es una ganancia estratégica de primer orden: abre acceso preferente a minerales críticos —litio, niobio, tierras raras— justo cuando la rivalidad tecnológica con Estados Unidos se intensifica. Para Lula, el acercamiento a Beijing ofrece un mercado sustituto creíble con el que negociar internamente el costo político de los aranceles trumpistas.
El dato importa más que el ruido. Brasil no ha roto con Washington ni ha firmado acuerdo alguno; lo que existe es una señal de reposicionamiento. Pero las señales, en geopolítica comercial, preceden a los contratos. Si Brasilia consolida esta orientación, el espacio para que Washington recupere influencia sobre la política de minerales críticos y tecnología en América del Sur se estrecha de forma considerable. La historia sugiere cautela: Brasil ha jugado simultáneamente con varias potencias antes, y Lula conoce bien ese tablero.



