El plan que prometía resolver uno de los pasivos ambientales más singulares de Colombia —los hipopótamos introducidos por Pablo Escobar en los años ochenta— resultó más anuncio que gestión. Según reveló El Espectador tras revisar las comunicaciones entre ambos gobiernos, Vantara, el centro de conservación en India financiado por el multimillonario Anant Ambani, nunca radicó ante las autoridades competentes una solicitud oficial para trasladar los 80 ejemplares.
El ofrecimiento se conoció hace aproximadamente cuatro meses. El Gobierno colombiano consultó entonces a la autoridad CITES de India, que respondió que los animales podían ingresar si se cumplían los permisos correspondientes, pero aclaró que no existía ninguna solicitud de importación en curso. Con esa respuesta, el Ministerio de Ambiente, en cabeza de Irene Vélez, pidió a Vantara presentar una propuesta técnica formal para iniciar la evaluación en ambos países. Esa solicitud nunca llegó.
Tras una visita de expertos del centro indio al Magdalena Medio en julio, Vantara modificó el alcance de su propuesta. En respuesta escrita, aseguró que nunca tomó una decisión sobre el traslado y que tampoco presentó solicitudes para hacerlo. Ahora plantea dos alternativas: construir en Colombia un «centro especializado» para el cuidado de por vida de los animales, o estudiar su traslado a zonas de África donde la especie es nativa.
Ambas rutas generan dudas entre los científicos consultados. El biólogo Germán Jiménez advierte que un centro de ese tipo implicaría destinar territorio y recursos durante décadas para una especie invasora. La bióloga Nataly Castelblanco señala que el confinamiento no resolvería los efectos que los hipopótamos ya producen sobre los ecosistemas locales. El traslado a África, por su parte, enfrenta un problema genético: los ejemplares colombianos descienden de solo cuatro animales originales y presentan baja diversidad genética, lo que podría representar un riesgo para las poblaciones silvestres africanas si se mezclaran con ellas.
Mientras las opciones se discuten sobre el papel, el problema de fondo no espera. Un estudio del Instituto Alexander von Humboldt y el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional estimó que en 2022 había alrededor de 169 ejemplares en el país, y advirtió que sin medidas de control la cifra podría superar los 500 individuos en 2030 y los 1.000 en 2035. Existe además un plan de manejo presentado en 2024 que contempla confinamiento, translocación y caza de control, pero los científicos consultados coinciden en que esa sigue siendo la alternativa más realista frente a las propuestas de Vantara.
Vantara insiste en que mantiene su disposición a apoyar a Colombia y niega que condicione esa ayuda a que el Gobierno descarte la eutanasia como herramienta de control poblacional.
El episodio ilustra algo más amplio que el destino de un centenar de hipopótamos: la distancia entre el anuncio diplomático y la ejecución administrativa. Durante cuatro meses, el Gobierno colombiano gestionó consultas y expectativas públicas sobre un traslado que ninguna de las partes formalizó jamás. Ese vacío no es gratuito: cada trimestre sin decisión es territorio adicional colonizado por una especie invasora y presupuesto público que, tarde o temprano, deberá destinarse a contenerla.
Conviene mirar los incentivos. Un gobierno puede capitalizar políticamente el anuncio de una solución exótica y mediática —el hijo de un magnate indio rescatando a los «hipopótamos de Escobar»— sin asumir el costo político de ejecutar, en cambio, el plan de manejo ya aprobado en 2024, que incluye la caza de control y resulta menos vendible ante la opinión pública. El resultado es previsible: la población sigue creciendo, el riesgo ambiental se acumula y la responsabilidad de decidir se posterga una vez más. El dato importa más que el ruido, y el dato es que, cuatro meses después del anuncio, no existe ni una solicitud formal ni un plan ejecutado.



