León XIV cerró su visita a París con una misa multitudinaria ante unas 700.000 personas, según el Vaticano, y con un mensaje reiterado sobre los riesgos de una tecnología que, a su juicio, no debe dominar lo humano. Durante su paso por la capital francesa, también pidió proteger a los niños y a los jóvenes frente a las nuevas tecnologías digitales y llamó a preservar «su libertad de pensar».
La escena en París fue de masas, cámaras y fervor. El sábado, otros 80.000 jóvenes acudieron al Estadio de Francia para una vigilia con el pontífice, recibido por muchos como una estrella del rock. En los Campos Elíseos y la plaza de la Concordia, el Vaticano calculó en 700.000 el número de fieles que asistieron a la misa gigante. En 2008, con Benedicto XVI, fueron 260.000; en 1997, con Juan Pablo II, un millón.
León XIV aprovechó la visita para fijar su marco moral. Instó a «formar las mentes en un discernimiento ético capaz de distinguir lo que es moralmente bueno», con el objetivo de que el progreso tecnológico esté al servicio de la dignidad humana. En mayo, ya había dedicado su primera encíclica, «Magnifica Humanitas», a la inteligencia artificial, a la que llamó a «desarmar» para «impedirle el dominio sobre lo humano».
El pontífice también habló de otros asuntos que hoy dividen a la sociedad francesa. Condenó «las manipulaciones genéticas, la gestación subrogada, la compra de órganos» y «la oferta de una muerte programada», y defendió el «derecho a la vida» como fundamento de los derechos humanos. Francia fue el primer país en incluir en su Constitución la «libertad garantizada» de abortar, en 2024, y en julio aprobó el derecho a la eutanasia y al suicidio asistido en determinados casos.
No fue un viaje puramente litúrgico. Nada más llegar, el papa fue recibido por Emmanuel Macron y Brigitte en el Palacio del Elíseo y luego habló ante autoridades y diplomáticos. Allí sostuvo que «una justa laicidad no consiste en excluir a la religión del espacio público» y abogó por un diálogo «urgente» entre personas de diferentes culturas y religiones.
Ese punto toca una fibra sensible en Francia, donde el debate sobre el velo islámico y la presencia religiosa en el espacio público sigue vivo. La ultraderechista Marine Le Pen propone prohibirlo en espacios públicos y lidera los sondeos de la elección presidencial de 2027. Conviene mirar los incentivos: en una república laica, la religión no desaparece por decreto, pero tampoco debería quedar reducida a un adorno privado cuando millones siguen buscándole sentido al vacío que deja la política.
El dato importa más que el ruido. La Iglesia francesa se mueve entre el retroceso general de la práctica religiosa y el aumento de los bautismos de adolescentes y adultos: este año se registraron 21.386. En ese contexto, León XIV se presentó como un papa que quiere disputar el relato cultural de la modernidad, no solo consolar a los creyentes.
Para quienes ven en la tecnología una promesa de eficiencia sin límites, su advertencia sonará incómoda. Pero el fondo del mensaje es simple: el progreso que sacrifica la libertad de pensar, la dignidad humana o el valor de la vida termina pidiendo demasiado a cambio. La cuestión no es si la Iglesia sabe hacer espectáculo en París; es si la sociedad occidental todavía sabe defender principios comunes frente a la burocracia de la técnica y la tentación de convertir todo en un producto más.

