León XIV cerró este domingo en Lourdes una de las jornadas más delicadas de su viaje a Francia con un mensaje directo a la Iglesia local: «perseverar» en la lucha contra los abusos sexuales, mantener la «máxima vigilancia» y sostener los esfuerzos de prevención y reparación.
El pontífice se reunió a puerta cerrada con siete víctimas de agresiones sexuales en el seno de la Iglesia francesa. Según el Vaticano, les agradeció su testimonio y reafirmó su compromiso de evitar que el daño sufrido se repita. Las víctimas, a su vez, describieron al papa como «muy atento» y «auténticamente dispuesto a escuchar», tras un encuentro de casi dos horas.
La escena tuvo un peso especial porque Lourdes es un centro de peregrinación católica de enorme simbolismo, y porque la Iglesia francesa carga desde hace años con un expediente que no se ha cerrado. En 2021, un informe encargado por obispos y monjas estimó en hasta 330.000 el número de víctimas menores desde 1950. Los obispos han reconocido el carácter «sistémico» de estas agresiones y han creado una instancia independiente para el reconocimiento y la reparación.
La visita dejó además un contraste difícil de ignorar. Mientras el papa hacía un gesto de cercanía con siete víctimas, varios grupos lamentaban que el formato no incluyera a los colectivos que las agrupan. Marie Derain de Vaucresson, presidenta saliente del INIRR, dijo a Franceinfo que lamentaba que no se hubiera podido involucrar a más víctimas. Brigitte Navail, víctima de 69 años, fue más lejos: planteó que sin cambios en la teología, las prácticas pastorales, las prácticas litúrgicas y la formación de los sacerdotes, el mensaje habrá sido en vano.
Ese reproche apunta a una tensión conocida en la Iglesia: la distancia entre el reconocimiento del daño y la capacidad institucional de transformar sus incentivos internos. Conviene mirar los incentivos. Una reparación eficaz no depende solo de palabras solemnes ni de encuentros cuidadosamente administrados, sino de reglas, controles y transparencia sostenida en el tiempo.
León XIV insistió también ante los obispos en «continuar» la labor emprendida. El lenguaje es el de la prudencia moral; la exigencia, sin embargo, es material. Si la Iglesia quiere recuperar credibilidad, tendrá que demostrar que la prevención no depende de la voluntad de cada obispo ni de la sensibilidad del momento, sino de procedimientos verificables que protejan a los menores y den peso real a las víctimas.
El viaje a Francia había estado marcado por grandes multitudes en París y por el entusiasmo de los fieles. Pero Lourdes puso al papa frente a una realidad menos cómoda: la del daño acumulado dentro de su propia institución. Allí el aplauso importa menos que la disciplina interna para impedir que el abuso se repita.
La historia sugiere cautela. La Iglesia ha avanzado en el reconocimiento del problema, pero el tamaño de las cifras citadas por su propio entorno muestra que el costo de la omisión ha sido gigantesco. En una institución que habla de dignidad humana, la prueba decisiva no es el tono del comunicado, sino su capacidad para imponer límites, reparar a las víctimas y proteger a quienes todavía dependen de ella.

