Mientras Donald Trump se prepara para un encuentro con Xi Jinping, James Lankford y Angus King se han unido para empujar un recordatorio político sobre la historia del Partido Comunista Chino. La resolución busca poner al frente a las «innumerables vidas» destruidas por el partido y a las personas que «actualmente viven con miedo», según los dos senadores.
Lankford dijo que durante 105 años el Partido Comunista Chino ha oprimido a su propio pueblo, perseguido a personas de fe y negado libertades básicas. Añadió que, cuando Estados Unidos se relaciona con Beijing, no puede olvidar a los millones que han sufrido bajo el PCCh ni a quienes siguen viviendo bajo su represión.
La resolución, según la información proporcionada, enumera varios episodios ocurridos durante el último siglo. Entre ellos figuran el Movimiento de Rectificación de Yan’an, entre 1942 y 1945, cuando «más de 10.000 personas fueron asesinadas»; y la reforma agraria china, de 1949 a 1953, cuando «entre 200.000 y 5 millones» fueron muertos mientras el partido redistribuía la propiedad rural entre el campesinado.
También incluye la Campaña para Suprimir a los Contrarrevolucionarios, de 1950 a 1952, con millones de arrestos, encarcelamientos y «más de 700.000 ejecuciones». En ese mismo periodo estuvieron la Campaña de los Tres Anti y la Campaña de los Cinco Anti, durante las cuales Zedong y el PCCh humillaron y aterraron a amplios sectores de la población, según el material aportado por la fuente.
La resolución no cambia la agenda de la cumbre, pero sí intenta cambiar el marco de la conversación. Conviene mirar los incentivos: un encuentro de alto nivel con China siempre corre el riesgo de quedarse en protocolo, comercio y gestos calculados, mientras el costo humano del sistema que representa Xi queda fuera de plano.
Para una política exterior seria, la pregunta no es si Estados Unidos debe hablar con Beijing, sino desde qué principios lo hace. La libertad religiosa, los derechos humanos y la dignidad individual no deberían convertirse en moneda secundaria cuando el aparato estatal chino busca legitimidad internacional. Si Washington olvida ese punto, el precio lo pagan quienes viven bajo la represión, no quienes negocian desde la seguridad del poder.
