El Partido de la Izquierda Europea (PIE) —formación internacional que agrupa a Izquierda Unida, el PCE y más de una veintena de fuerzas políticas— publicó un manifiesto en el que califica los hechos ocurridos en Ceuta de «trágicos» y rechaza las respuestas recibidas a nivel estatal e internacional por considerarlas «en su mayor parte interesadas y negativas».
El documento sostiene que lo sucedido no fue «un suceso fortuito», sino «una maniobra criminal orquestada por la monarquía alauita» y facilitada por lo que el PIE denomina la «Fortaleza Europa», que a su juicio utiliza vidas humanas «como moneda de cambio geopolítica».
El partido vincula directamente el episodio a la agenda diplomática española: afirma que la afluencia masiva se produjo tras la visita del presidente Pedro Sánchez a Argelia, momento en que las autoridades marroquíes, según el manifiesto, «dejaron de actuar como frontera». La formulación es notable: el PIE señala a Rabat y a Bruselas, pero no extrae consecuencia alguna sobre las decisiones de Madrid.
Hacia Washington, el tono es igualmente crítico. El manifiesto acusa a la Administración Trump de «doble rasero» por elogiar a Marruecos como «pilar de la estabilidad» mientras, según el texto, «ignora sus crímenes en el Sáhara Occidental» e incluso —afirma el PIE— llega a «instigar una nueva 'Marcha Verde' hacia Ceuta y Melilla». La fuente no aporta evidencia documental de esa última acusación; es un señalamiento del partido, no un hecho verificado de forma independiente.
Frente a la Unión Europea, el PIE exige que se «ponga fin a la externalización de las fronteras» y que se adopte «una política migratoria basada en la solidaridad y la justicia social», desvinculada de lo que describe como «subordinación a regímenes que se enriquecen a costa del sufrimiento de los más vulnerables».
Lo que el manifiesto dice y lo que omite
Conviene mirar los incentivos. El PIE construye un relato en el que los responsables son, por orden: la monarquía marroquí, la arquitectura de fronteras europea y la política exterior de Trump. Ese encuadre tiene una consecuencia práctica: desplaza el foco de cualquier evaluación sobre la gestión del gobierno español, cuya visita a Argelia el propio partido cita como detonante cronológico sin extraer de ello ninguna responsabilidad política.
El dato importa más que el ruido. Una crisis migratoria de esta magnitud en territorio español pone a prueba, simultáneamente, la capacidad del Estado para controlar sus fronteras, la solidez de los acuerdos bilaterales con Marruecos y la coherencia de la política exterior de Madrid. Que la principal formación de izquierda radical europea dirija toda su artillería hacia Bruselas y Washington —y ninguna hacia La Moncloa— no es análisis; es geometría electoral. Para quienes creen que el orden en las fronteras y la soberanía territorial son condiciones previas a cualquier política migratoria sostenible, el manifiesto del PIE ofrece retórica abundante y soluciones escasas.


