El Smithsonian Institution recibe un presupuesto anual de 1.300 millones de dólares, del cual el 62% proviene del contribuyente. Con ese dinero atiende a 20 millones de visitantes al año y a otros 20 millones de estudiantes. Lo que enseña con esos recursos fue el centro de una áspera audiencia en el Congreso esta semana.
El representante republicano por Texas Brandon Gill interrogó a la directora del museo, Anthea Hartig, sobre contenidos concretos de sus exhibiciones. Le preguntó si Mickey Mouse representa, según los propios materiales del Smithsonian, «vestigios de tradiciones de minstrelsy en blackface». Hartig esquivó la pregunta con una disertación sobre la «trayectoria histórica» del personaje hasta que Gill la condujo a admitir que el ratón está «enraizado en el minstrelsy con ciertos overtones raciales evidentes».
Gill también citó el MASS Action Toolkit —desarrollado por la coalición Museums as Sites for Social Action y financiado, entre otros, por la Fundación Andrew W. Mellon— que el Smithsonian ha utilizado en formación de personal y materiales educativos desde el inicio de la gestión de Hartig en 2019. El documento clasifica la «objetividad», la «puntualidad», la «cortesía» y el «trabajo duro» como características de la cultura de supremacía blanca. Hartig intentó desconocer el documento antes de admitir que ha sido «usado como referencia».
No es la primera vez que el museo enfrenta estas críticas. En julio de 2020, la primera administración Trump censuró públicamente una exhibición del Smithsonian que listaba entre los males de la «blanquitud» el individualismo, la autosuficiencia, el método científico y la familia nuclear. Ese mismo año, según documenta la Heritage Foundation, el entonces secretario Lonnie Bunch envió curadores a recoger basura dejada por participantes en los disturbios de Black Lives Matter para preservarla como «artefactos históricos». La Casa Blanca publicó en 2020 un informe de 162 páginas que concluía que el Smithsonian había sido capturado por «una ideología activista radical fundamentalmente opuesta a contar la historia noble y honesta» de Estados Unidos.
Hartig, quien se describió a sí misma en el pasado como «apoyada por los cojines de la blanquitud y las almohadas de la burguesía», ha definido la historia como «una herramienta primordial de la justicia social» y ha señalado que el museo trabaja para «reencuadrar la narrativa celebratoria tradicional de la historia de EE.UU.». El Smithsonian, fundado gracias al legado del científico británico James Smithson con el mandato de ser «un establecimiento para el incremento y la difusión del conocimiento», no dedica ninguna exhibición mayor a George Washington ni a ninguno de los Padres Fundadores, según la columna de Miranda Devine en el New York Post que recoge estos testimonios.
Conviene mirar los incentivos. Una institución que capta más de 800 millones de dólares públicos al año no tiene presión de mercado para rendir cuentas a quienes la financian: los ciudadanos. Esa ausencia de competencia y de consecuencias presupuestarias explica mejor que cualquier conspiración cómo una burocracia cultural puede alejarse durante años de su mandato fundacional sin corrección alguna. El dato importa más que el ruido: mientras el Congreso interroga, el presupuesto sigue fluyendo. La pregunta que queda sobre la mesa no es ideológica sino institucional: ¿qué mecanismo obliga a un museo financiado por el contribuyente a responder ante ese contribuyente? La audiencia del martes sugiere que, por ahora, ninguno funciona.



