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La dieta mediterránea, un mito: Italia lidera la obesidad infantil en Europa

En algunas zonas de Campania, más del 40% de los niños de 8 y 9 años tienen sobrepeso. La cuna espiritual de la alimentación saludable enfrenta una crisis silenciosa que mezcla pobreza, ultraprocesados y falta de conciencia familiar.
Imagen ilustrativa
Europalunes 10 de agosto de 2026

Salvatore tiene 17 años, pesa 170 kilos y no puede atarse los cordones. Espera una cirugía en el Hospital Betania de Ponticelli, en las afueras de Nápoles, pero los médicos le han comunicado que su peso hace la operación demasiado arriesgada. Su caso no es una anomalía: es el síntoma visible de una transformación silenciosa que ha convertido al sur de Italia en una de las zonas con mayor obesidad infantil del continente.

Los niños italianos se encuentran entre los que presentan mayores índices de sobrepeso de Europa, según la Organización Mundial de la Salud. El problema se concentra en el sur: en algunas zonas de la región de Campania, más del 40% de los niños de 8 y 9 años tienen sobrepeso. La localidad de Ponticelli se ha ganado la reputación de ser una de las capitales mundiales de la obesidad infantil.

La paradoja es llamativa. Italia fue durante décadas el modelo de referencia de la dieta mediterránea, aquel patrón alimentario que el fisiólogo Ancel Keys y su esposa, la bioquímica Margaret Keys, estudiaron en comunidades del sur del país en los años cincuenta y vincularon con tasas notablemente bajas de enfermedades cardíacas. Ese modelo inspiró a generaciones de nutricionistas en todo el mundo. Hoy, según el doctor Valter Longo, director del Instituto de Longevidad de la Universidad del Sur de California, «solo el 10% de los italianos la sigue realmente».

Longo resume la dieta italiana moderna con lo que denomina las «cinco P»: pizza, pasta, papas, proteínas y pan. Los estantes de los supermercados, repletos de ultraprocesados, y las pizzerías que venden porciones cargadas de patatas fritas y salchichas ilustran la transformación.

La dimensión económica es inseparable del problema. El sur de Italia concentra los índices de pobreza más altos de Europa continental: según datos de Eurostat, en Campania el riesgo de pobreza alcanza el 35,5%, en Calabria el 37,2% y en Sicilia el 35,3%. La correlación entre precariedad económica y acceso a alimentos baratos pero hipercalóricos es una constante documentada en múltiples contextos.

El doctor Roberto Berni Canani, pediatra y especialista en obesidad de la Universidad Federico II de Nápoles, describe el patrón clínico con precisión: «He atendido a niños de apenas 2 o 3 años que ya pesan 25 kilos», cuando la OMS estima un peso estándar de entre 12 y 17 kilos para esa edad. El problema adicional es que muchas familias no acuden a consulta por el peso. «Acuden por tos, dolor de estómago o diarrea. No se dan cuenta de que la causa es el peso del niño», explica.

El caso de Francesca, de 10 años, ilustra esa brecha de percepción. Pesa 60 kilos —la OMS estima entre 31 y 35 para su edad— y sus padres la describen como una niña activa que practica gimnasia y bailes latinos. Nunca consideraron su peso un problema. Berni Canani no culpa a los padres: «Son una madre y un padre excelentes. Pero no perciben la importancia de la calidad de la dieta y del peso corporal».

La doctora Sonja Chiappetta, que lleva 15 años tratando obesidad grave en Ponticelli, observa otro cambio preocupante: hasta hace poco, la mayoría de sus pacientes rondaba los 50 años. «Ahora veo a pacientes adolescentes, algunos de tan solo 16 años. Cada vez son más jóvenes, y eso resulta alarmante».

Conviene mirar los incentivos. La crisis italiana no es un accidente cultural ni un simple problema de voluntad individual: es el resultado predecible de décadas de expansión industrial de la alimentación ultraprocesada en mercados donde la capacidad adquisitiva es baja y la educación nutricional, escasa. El Estado italiano —como tantos otros— ha preferido financiar cirugías bariátricas y tratamientos farmacológicos antes que invertir en infraestructura escolar para la actividad física o en políticas de acceso real a alimentos frescos. El dato importa más que el ruido: cuando el 40% de los niños de una región tienen sobrepeso, el problema ya no es individual. Es sistémico, y su coste —sanitario, económico y humano— recaerá sobre los contribuyentes durante décadas.

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