Eslovenia atraviesa un viraje político de fondo. Janez Janša, líder del Partido Democrático Esloveno desde 1993, presta juramento como primer ministro por cuarta vez no consecutiva tras conseguir 51 votos en votación secreta de la Asamblea Nacional: 48 de su coalición y socios, dos de los representantes de las minorías italiana y húngara, y uno anónimo de la oposición.
El camino al poder fue indirecto. En las elecciones más recientes, el partido de Janša obtuvo 28 escaños con el 27,9 % de los votos, frente a los 29 escaños y el 28,7 % del Movimiento Libertad de Robert Golob. Golob «ganó» en escaños pero no pudo articular los 46 votos necesarios para investirse. La presidenta Nataša Pirc Musar optó por no nominar a nadie mientras la aritmética no cerrara. Janša, que la fuente describe como «maestro constructor de coaliciones», resolvió el problema en dos semanas. El mismo desenlace —perder en escaños y aun así gobernar— ya se había producido en 2008.
Política exterior: ruptura con la línea Golob
Las primeras señales del nuevo gobierno apuntan a una reorientación clara. Janša anunció su intención de trasladar la embajada eslovena a Jerusalén, congeló el reconocimiento de un Estado palestino y revocó la prohibición de comercio militar con Israel que había impuesto el gobierno anterior —la fuente data esa prohibición en 2025, aunque la fecha genera dudas de consistencia cronológica que el medio no puede resolver con los datos disponibles—. El contraste con la política de Golob es, en cualquier caso, nítido.
En materia de seguridad europea, Janša apoya el incremento de ayuda militar a Ucrania y el endurecimiento de sanciones contra Rusia. Viajó a Kiev durante su anterior mandato, en marzo de 2022, junto con los entonces primeros ministros de Polonia y la República Checa, en uno de los primeros gestos de solidaridad de la UE tras la invasión rusa. Regresó recientemente a la capital ucraniana para conmemorar el Día de la Estatidad de Ucrania en el marco de la Cumbre Ucrania–Europa Suroriental.
Agenda doméstica: menos Estado, más mercado
En el frente interno, Janša ha presentado un programa que incluye reducir la burocracia, apoyar la educación y la sanidad privadas, reformar el sistema de pensiones, disminuir el tamaño del aparato estatal e invertir en infraestructura. Entre los proyectos concretos figura la construcción de un segundo reactor en la central nuclear de Krško. El primer ministro calificó la gestión de Golob de «ineficiencia» y prometió convertir Eslovenia en «un país de oportunidad, prosperidad y justicia».
En inmigración, Janša se sumó a una carta firmada por otros 18 líderes de la UE que reclama «un cambio fundamental en la política migratoria»: reducción de la migración irregular, lucha más eficaz contra el tráfico de personas, aumento de deportaciones y mayor cooperación con terceros países. Janša escribió que Eslovenia «finalmente se une» a ese bloque y que «se acerca el fin del turismo social, el tráfico de personas ignorado y la importación de votantes para la izquierda europea».
La lectura de Continente
El caso esloveno ilustra una dinámica que se repite en Europa central: el electorado castiga a gobiernos de izquierda que acumulan ineficiencia y deuda, pero los sistemas proporcionales dificultan traducir ese castigo en mayorías limpias. Janša no ganó la elección; ganó la negociación poselectoral, que es donde las coaliciones de libre mercado suelen tener ventaja cuando el programa es coherente y los socios potenciales perciben incentivos reales.
Conviene mirar los incentivos. La agenda de desregulación, energía nuclear y recomposición de alianzas con Washington y Tel Aviv no es solo ideología: es también una apuesta por la competitividad en un entorno europeo donde el coste regulatorio y la dependencia energética han erosionado el crecimiento. Si Janša consigue aprobar aunque sea una parte de ese programa, Eslovenia ofrecerá un caso de estudio útil para otros gobiernos que buscan reformar sin mayoría absoluta.


