El primer ministro Benjamin Netanyahu anunció el jueves la destrucción de una extensa red de túneles de Hezbolá en la zona de Beaufort, en el sureste del Líbano, utilizando aproximadamente 700 toneladas de explosivos. La operación, confirmada por el IDF el viernes, desmanteló lo que las fuerzas israelíes describieron como el centro de mando principal de la Unidad Bader de Hezbolá en el sur del Líbano.
Según el ejército israelí, el complejo subterráneo fue construido a lo largo de dos décadas y financiado por Irán. Contaba con múltiples niveles y se ubicaba a aproximadamente seis kilómetros de Metula y el Dedo de Galilea. Desde esa infraestructura, según el IDF, operativos de Hezbolá lanzaron decenas de drones, misiles antitanque y dispositivos explosivos contra civiles israelíes y fuerzas militares durante el conflicto.
Netanyahu vinculó la operación con una «violación flagrante del acuerdo de alto el fuego» por parte de Hezbolá el miércoles previo. «El Estado de Israel no aceptará ninguna violación del acuerdo de alto el fuego», declaró. El IDF precisó que las fuerzas permanecen en la zona de seguridad del sur del Líbano y continúan operando en la cresta de Ali Taher, en alerta para escenarios tanto defensivos como ofensivos.
Mientras la guerra consume recursos y vidas en múltiples frentes, Jerusalén fue escenario de una tensión de distinto orden. Un numeroso grupo de hombres ultraortodoxos atacó a soldados francos de servicio identificados por medios hebreos como integrantes del batallón Netzah Yehuda, una unidad de composición predominantemente ultraortodoxa. Los agresores lanzaron objetos contra los soldados y los persiguieron; los tres militares lograron escapar ilesos, según las imágenes difundidas.
La misma multitud arrojó objetos contra agentes de la Policía Fronteriza que acudieron al lugar y los llamó «nazis», de acuerdo con la cobertura de medios israelíes.
El incidente ocurrió durante una concentración en apoyo a 63 hombres arrestados el mes pasado por participar en un ataque a la residencia del vicepresidente del Tribunal Supremo, el juez Noam Sohlberg, en protesta por la detención de evasores del servicio militar ultraortodoxos. Los manifestantes llegaron en procesión desde Beit Shemesh hasta Jerusalén para celebrar la liberación de los detenidos, quienes aparecieron en un escenario vestidos con ropas de Shabat. Algunos carteles en la marcha rezaban: «Nunca serviremos en el ejército enemigo», según Ynet.
El contexto legislativo es relevante. El Knesset aprobó este mes, en votación de 63 a 52, una Ley Básica cuasi constitucional que declara el estudio de la Torá un «valor fundacional» del pueblo judío. Una segunda ley, aprobada por 58 votos contra 54, otorga inmunidad de arresto a decenas de miles de evasores ultraortodoxos hasta enero de 2027. El Tribunal Supremo congeló la implementación de esta segunda norma al día siguiente para escuchar los recursos presentados. Se estima que unos 72.000 hombres ultraortodoxos de entre 18 y 24 años son elegibles para el servicio militar pero no se han alistado.
Conviene mirar los incentivos. Israel combate simultáneamente en múltiples frentes, destruye infraestructura terrorista financiada por Irán y enfrenta una declarada escasez de efectivos. En ese contexto, que una facción política consiga blindar legislativamente la evasión del servicio y luego celebre agrediendo a quienes sí visten el uniforme no es solo una anomalía cívica: es una fractura en el contrato social que sostiene cualquier esfuerzo bélico. El dato importa más que el ruido: el Estado financia con exenciones y subsidios a comunidades que rechazan defender ese mismo Estado. La historia sugiere cautela ante marcos legales diseñados para blindar privilegios frente a obligaciones compartidas.

