La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, recibió esta semana a la delegación de auxilio y asistencia humanitaria de Israel para agradecer sus operaciones en el país tras el doble terremoto del 24 de junio. La comitiva ya culminó sus labores, según una nota de Prensa Presidencial.
La delegación israelí, que contó con el apoyo de la comunidad judía venezolana, estuvo integrada por ingenieros civiles. Su trabajo se concentró, según la misma fuente, «en la evaluación de estructuras colapsadas, el diagnóstico de vulnerabilidad en edificaciones y el diseño de planes de contingencia urgentes para la gestión de la emergencia». Elad Edri, alto oficial de las Fuerzas de Defensa de Israel, participó en el asesoramiento sobre manejo de escombros.
Rodríguez se había reunido con el equipo israelí por primera vez dos semanas atrás, en el marco de coordinaciones con múltiples delegaciones internacionales para organizar el programa de remoción de escombros.
Los dos sismos registraron magnitudes de 7,2 y 7,5. Hasta el martes, las autoridades venezolanas contabilizan 5.346 fallecidos. El balance oficial reporta 856 edificios afectados y 190 colapsados, con el estado costero de La Guaira, cercano a Caracas, como zona de mayor impacto.
El lunes, el Gobierno entregó las primeras viviendas a afectados: más de 240 familias recibieron apartamentos en un acto encabezado por la propia Rodríguez.
Venezuela recibió equipos de rescate de decenas de países, incluyendo naciones con las que no mantiene relaciones diplomáticas: Chile, Argentina, El Salvador, Israel y Canadá figuran en esa lista, según la nota de EFE.
---
Conviene mirar los incentivos. Que el régimen de Maduro —cuya política exterior ha sido sistemáticamente hostil a Washington y a sus aliados— acepte y agradezca públicamente la asistencia de Israel, Argentina y El Salvador revela una verdad incómoda para la narrativa oficialista: en una emergencia de esta magnitud, la ideología cede ante la capacidad técnica. Nadie envió ingenieros con más rapidez ni con mayor experiencia en colapso estructural que el Estado judío, cuyas Fuerzas de Defensa tienen décadas de práctica en rescate urbano.
El dato importa más que el ruido. La tragedia expone, una vez más, la fragilidad del modelo venezolano: un Estado que lleva años degradando sus instituciones técnicas y su tejido productivo depende, en el momento crítico, de la cooperación de los mismos países a los que suele denostar. La reconstrucción real —no la foto de la entrega de apartamentos— exigirá inversión privada, reglas claras y apertura sostenida; exactamente lo contrario de lo que Caracas ha practicado durante dos décadas.



