El Ejército de Israel continuó este sábado con sus bombardeos contra el sur del Líbano en medio de negociaciones activas con el gobierno libanés para cesar las hostilidades. La simultaneidad entre los ataques y las conversaciones diplomáticas define la geometría de un conflicto que no encuentra todavía un punto de quiebre.
Según la agencia oficial libanesa NNA, Israel bombardeó la población de Mansuri, en el municipio de Tiro, en ataques aéreos que dejaron al menos un herido. Las fuerzas israelíes también demolieron viviendas en Houla, en el municipio de Marjayún, y bombardearon la localidad de Kfar Tebnit durante el mediodía.
El medio libanés L'Orient-Le Jour reportó al menos tres bombardeos en la playa de Tiro, donde un número aún indeterminado de bañistas resultó herido. La misma fuente informó de otro herido en El Machah por el impacto de una granada aturdidora, además de ataques en Bint Jbeil y Deir el Mouallimine, y explosiones registradas durante la madrugada en Deir Seriane y Nabatiyé.
El último comunicado del Ejército israelí sobre la zona, emitido el viernes por la tarde, informó de la eliminación de un «terrorista» de las milicias de Hezbolá cerca de infraestructura subterránea ubicada en la cresta de Ali Taher.
El contexto diplomático complica el cuadro. El gobierno libanés delibera si acudirá a la próxima ronda de conversaciones con Israel, prevista para los días 15 y 16 de julio en Roma, a la espera de que se concrete la retirada parcial prometida por Israel en una «zona piloto» del sur del país. Sin esa señal tangible, Beirut mantiene la asistencia en suspenso.
Las autoridades libanesas han cifrado en 4.321 los fallecidos y 12.207 los heridos en todo el país, especialmente en el sur, como consecuencia de los ataques israelíes registrados desde el 2 de marzo, fecha en que comenzaron los enfrentamientos entre las fuerzas israelíes y Hezbolá.
El dato importa más que el ruido. Lo que revelan estas cifras no es solo el costo humano acumulado, sino la asimetría de incentivos sobre la mesa: Israel mantiene presión militar mientras negocia, lo que le otorga palanca táctica pero erosiona la credibilidad de cualquier acuerdo que emerja de Roma. Beirut, por su parte, enfrenta la disyuntiva de sentarse sin garantías o ausentarse y perder influencia sobre el proceso.
Conviene mirar los incentivos. Para el gobierno libanés, asistir a la ronda del 15 y 16 de julio sin una retirada verificable equivale a legitimar una situación sobre el terreno que sus propias cifras de víctimas hacen políticamente insostenible. Para Israel, el ritmo de los bombardeos señala que la presión militar y la presión diplomática no son etapas sucesivas, sino instrumentos paralelos. El orden internacional que hace posible una negociación en Roma exige, al menos en teoría, que las partes distingan entre la mesa y el campo de batalla. Mientras esa distinción permanezca borrosa, la cita en la capital italiana tendrá más de fotografía que de acuerdo verificable.

