La presidenta de Irlanda, Catherine Connolly, trasladó este sábado a Donald Trump que «la normalización de la guerra y el genocidio es inaceptable», en referencia a la guerra con Irán y a la ofensiva militar israelí contra los territorios palestinos.
En un comunicado oficial tras un encuentro de 20 minutos en Dublín, Connolly dijo que había expresado «la firme opinión del pueblo irlandés» de que la normalización de la guerra y del genocidio «jamás se pueden aceptar».
La presidenta irlandesa apeló a los «fuertes vínculos» de siglos de antigüedad entre ambos países para «hablar francamente al otro» y criticar la guerra y el cambio climático, que describió como «intrínsecamente interrelacionados» y como una «amenaza existencial».
Connolly recordó además el hambre, la colonización y la violencia sufrida por Irlanda, y el «camino a la paz» recorrido por su país, al que atribuyó «un punto de vista único sobre la resolución de conflictos».
En la misma línea, la presidenta del partido irlandés Sinn Féin, Mary Lou McDonald, envió un mensaje a Trump en el que le instó a cesar el suministro de armas a Israel y a «dejar de facilitar el genocidio del pueblo palestino».
Ese mismo sábado hubo una manifestación en Dublín para protestar contra Trump y su visita a Irlanda. En la protesta se vieron banderas palestinas y globos que ridiculizaban a Trump junto al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu o al delincuente sexual Jeffrey Epstein.
Conviene mirar los incentivos. Cuando una dirigente europea decide interpelar al presidente de Estados Unidos con un lenguaje tan duro, no solo busca marcar posición moral: también pretende mostrarse ante su opinión pública como defensora del orden internacional y de la causa palestina. El dato importa más que el ruido.
Para Washington, episodios como este recuerdan que el respaldo político a sus decisiones exteriores no es automático ni siquiera entre aliados históricos. Y para Europa, la escena vuelve a poner sobre la mesa una tensión conocida: cómo sostener vínculos con Estados Unidos sin renunciar a una voz propia cuando la guerra, la soberanía y la legitimidad de la fuerza están en disputa.

