El portavoz del Ministerio iraní de Exteriores, Ismail Bagaei, declaró la noche del martes que las negociaciones con Omán sobre el estrecho de Ormuz «han sido evaluadas positivamente tanto a nivel técnico como político». Según Bagaei, ambos países trabajan en «los mecanismos necesarios que regulen la futura gestión del tránsito marítimo en este estratégico paso».
Las conversaciones, sostenidas entre los dos países ribereños del estrecho, apuntan a definir rutas seguras de entrada y salida para los buques que garanticen, según el diplomático iraní, «tanto los derechos soberanos como las necesidades de seguridad nacional» de Irán y Omán. Bagaei precisó que los resultados finales se anunciarán una vez concluyan las conversaciones y ambas partes alcancen una decisión definitiva.
El marco en que se desarrollan estas negociaciones es de alta tensión. Irán y Estados Unidos firmaron el pasado 17 de junio un memorando de entendimiento para poner fin a las hostilidades, pero los combates se reanudaron a principios de julio. Esa reanudación llevó a Teherán a cerrar el estrecho de Ormuz y a Washington a restablecer el cerco naval sobre las costas iraníes.
Desde Washington, el secretario de Estado Marco Rubio afirmó el martes que Estados Unidos está implicado en las conversaciones entre Teherán y Mascate, algo que Irán ha negado de forma reiterada. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, adelantó ese mismo día que Washington e Irán podrían alcanzar un acuerdo hasta este miércoles para reabrir el tránsito de embarcaciones comerciales por el estrecho, según reseñó EFE.
El presidente Donald Trump declaró que suspendió el fin de semana un ataque contra Irán para dar margen a las negociaciones, que según anunció comenzarían el lunes, extremo que Teherán negó. Trump acusó después a Irán de actuar de forma «hipócrita» por negar la existencia de esas conversaciones y advirtió a la República Islámica de que se trata de su «última oportunidad para firmar un buen acuerdo».
El dato importa más que el ruido. Que Teherán reconozca negociaciones «positivas» con Omán mientras niega la participación estadounidense es, en sí mismo, una posición negociadora: Irán evita la apariencia de ceder ante Washington y preserva su narrativa de soberanía para consumo interno. El canal omaní cumple aquí una función clásica: permite a ambas potencias avanzar sin la carga simbólica del contacto directo.
Conviene mirar los incentivos. Ormuz concentra una fracción decisiva del tránsito energético global; su cierre no castiga solo a Occidente, sino también a los socios asiáticos de Teherán. La presión comercial opera en ambas direcciones, lo que estrecha el margen iraní para sostener el bloqueo indefinidamente. La historia sugiere cautela ante los plazos autoimpuestos —el «acuerdo antes del miércoles» de Bessent ya forma parte de un patrón de anuncios que se han desplazado antes—, pero la convergencia de canales diplomáticos y presión económica apunta a que el costo de la inacción sube para todas las partes.

