El portavoz del Ministerio de Exteriores de Irán, Esmail Baqaei, calificó de «invención» de Estados Unidos la versión según la cual Teherán habría solicitado negociaciones directas con Washington. La declaración llegó en rueda de prensa recogida por la agencia IRNA, horas después de que tanto el presidente Donald Trump como el secretario de Estado Marco Rubio insistieran en que Irán está «rogando» negociar el fin de las hostilidades.
«Las afirmaciones de que Irán ha solicitado negociaciones directas son falsas», afirmó Baqaei. El funcionario rechazó que existan contactos en curso con Washington y precisó que «las únicas conversaciones en curso» son las negociaciones bilaterales con Omán relativas a la gestión del estrecho de Ormuz.
El portavoz iraní evitó deliberadamente el término «tregua» para describir el cese de los ataques tras trece jornadas consecutivas de bombardeos cruzados. En su lugar, atribuyó la pausa a la «prudencia» de las Fuerzas Armadas iraníes y advirtió que «cualquier acción de Estados Unidos recibirá una respuesta inmediata y contundente».
Baqaei también apuntó a incumplimientos del preacuerdo con Washington, en particular sobre el tránsito por el estrecho de Ormuz. Según el portavoz, ese acuerdo establece que será Irán el encargado de fijar el formato para cruzar el paso estratégico. Teherán, añadió, «no debe ser considerado responsable de la situación actual» y señaló a Washington como el responsable del escalamiento.
La disputa narrativa entre ambas capitales es, en sí misma, un dato geopolítico de primer orden. Cuando dos potencias en conflicto discuten públicamente quién pidió qué, el campo de batalla se desplaza hacia la percepción: cada gobierno habla ante su propia audiencia interna tanto como ante la contraparte.
Conviene mirar los incentivos. Para la administración Trump, presentar a Irán como la parte que «ruega» negociar refuerza la imagen de fuerza que Rubio y el propio presidente han cultivado desde el primer día. Para Teherán, admitir que solicitó contactos directos equivaldría a reconocer una posición de debilidad inaceptable para el régimen en un momento en que su aparato de seguridad necesita proyectar cohesión interna.
El dato importa más que el ruido. Lo concreto es esto: tras trece noches de ataques, los bombardeos se detuvieron; las negociaciones bilaterales con Omán sobre Ormuz continúan; y ninguna de las dos partes ha formalizado un mecanismo de cese al fuego verificable. El estrecho de Ormuz —por el que transita una fracción significativa del comercio global de hidrocarburos— permanece como la variable de mayor peso para los mercados y para cualquier cálculo de estabilidad regional. Mientras la disputa sobre quién llamó a quién ocupa los titulares, la pregunta que importa es si existe algún formato diplomático capaz de convertir esta pausa táctica en algo más duradero. La historia sugiere cautela.

