El portavoz del Ministerio de Exteriores de Irán, Esmaeil Baqaei, advirtió esta semana que «la lista de crímenes de Estados Unidos contra los iraníes no deja de crecer» y que «con cada día que pasa, Estados Unidos revela una nueva faceta de su odio hacia Irán». La declaración llegó tras una serie de jornadas consecutivas de ataques intercambiados entre Washington y Teherán en Oriente Próximo.
Entre los episodios citados por Baqaei figura un ataque del Ejército estadounidense contra un puesto de seguridad en la localidad de Seyed Jozar, en el condado de Hayi Abad, al norte de Hormozgán, en el que según el portavoz iraní perdieron la vida al menos tres personas. Baqaei calificó ese incidente como «el último ejemplo de los atroces crímenes de guerra cometidos por Estados Unidos en los últimos cuatro meses y medio» y recordó también un ataque previo contra un colegio en Minab en el que, según sus palabras, murieron más de un centenar de alumnas.
El portavoz subrayó que «cada nuevo crimen» refuerza «la determinación de los iraníes de buscar justicia y de procesar y castigar a los autores y responsables de estos crímenes». La retórica de Teherán escala en intensidad al tiempo que la situación operativa en la región se deteriora.
A la dinámica de ataques mutuos se suma el anuncio de Washington sobre la imposición de un bloqueo a los puertos iraníes en la zona del estratégico estrecho de Ormuz. Según la fuente, la entrada en vigor de esa medida se fijó para las 22.00 horas del martes, hora peninsular española. El estrecho de Ormuz concentra una fracción significativa del tráfico global de hidrocarburos, lo que convierte cualquier restricción en esa zona en una variable de primer orden para los mercados energéticos internacionales.
La secuencia de la semana —ataques, bajas civiles según Teherán, y ahora el anuncio de un bloqueo focalizado en puertos iraníes— dibuja una escalada con lógica propia: cada acción genera el pretexto para la siguiente, y el margen para una desescalada negociada se estrecha con cada ciclo.
Conviene mirar los incentivos. Para la administración Trump, el bloqueo a los puertos iraníes es un instrumento de presión económica que no requiere ocupación territorial y que puede calibrarse o revertirse según la respuesta de Teherán. Para el régimen iraní, la narrativa de «crímenes de guerra» y la promesa de «justicia» sirven para consolidar cohesión interna en un momento de presión externa máxima. El dato importa más que el ruido: lo que está en juego no es solo la retórica diplomática, sino el control efectivo de una de las arterias energéticas más sensibles del orden internacional. Las consecuencias de un cierre prolongado, incluso parcial, de Ormuz se medirían en precio del barril, no en comunicados.

