El estrecho de Ormuz, por el que transita una parte significativa del petróleo y del gas natural licuado exportados desde Oriente Medio, vuelve al centro del tablero geopolítico. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araqchi, informó que las negociaciones con Omán para redefinir el régimen de navegación en ese corredor se encuentran en su «fase final». El portavoz de la Cancillería iraní, Esmaeil Baqaei, precisó que ambas partes están próximas a acordar un trazado alternativo: «ni la ruta norte ni la ruta sur», según sus palabras, sino uno que «respete los derechos soberanos de ambas partes y salvaguarde nuestros intereses nacionales y nuestra seguridad».
El Ministerio de Exteriores iraní fue explícito en otro punto: «el estrecho de Ormuz no volverá a su estado anterior bajo ninguna circunstancia». La frase es una declaración de principios, no una concesión técnica. Teherán también subrayó que las conversaciones con Mascate son «bilaterales y no conciernen a la otra parte», en referencia directa a Estados Unidos, cuya participación fue descartada de plano.
Ese rechazo no es retórico. El presidente Donald Trump afirmó este sábado que Estados Unidos e Israel habían acordado aplazar nuevos ataques contra Irán para facilitar un entendimiento diplomático, y que cualquier acuerdo debería incluir la «inmediata, completa y total apertura del estrecho de Ormuz» junto con el fin de la amenaza nuclear iraní. Los medios oficiales iraníes calificaron esas declaraciones de falsas y aseguraron que sus fuerzas armadas permanecen «en máxima alerta y listas ante cualquier eventualidad». Araqchi trasladó esa posición durante una llamada telefónica con el canciller saudita, Faisal bin Farhan, según la versión difundida por Teherán.
El contexto importa: las negociaciones se producen más de cinco meses después del inicio del conflicto en Oriente Medio. Desde entonces, Irán reforzó su control sobre el paso y convirtió esa posición en uno de sus principales instrumentos de presión frente a Washington y sus aliados. El acuerdo con Omán, si se concreta, establecería un corredor administrado bajo reglas distintas a las vigentes antes del estallido del conflicto. Las dudas sobre su impacto en la navegación comercial son, por ahora, más grandes que las certezas.
Conviene mirar los incentivos. Omán ha ejercido históricamente como interlocutor discreto entre Teherán y Occidente; su disposición a cogestionar el nuevo trazado le otorga una relevancia diplomática que Mascate sabe administrar con prudencia. Para Irán, en cambio, el acuerdo bilateral es ante todo un instrumento de legitimación: fijar el nuevo statu quo antes de que cualquier negociación con Washington pueda revertirlo.
El dato importa más que el ruido. Mientras Trump y los funcionarios iraníes se desmienten mutuamente en declaraciones públicas, la realidad operativa del estrecho sigue sin modificarse, según reconoció el propio régimen persa. Los mercados energéticos y las cadenas de suministro globales no se mueven por comunicados; se mueven por corredores abiertos o cerrados. Esa es la presión real que pesa sobre cualquier acuerdo, y la razón por la que Washington no puede permitirse quedar fuera de la mesa, aunque Teherán insista en mantenerla cerrada.

