La Guardia Revolucionaria iraní afirmó este viernes 18 de septiembre que atacó un petrolero con bandera de Togo cuando trataba de «cruzar ilegalmente» el estrecho de Ormuz, en el último caso de agresiones a buques en ese paso estratégico.
Según el comunicado difundido por el comandante en jefe de la Armada de la Guardia Revolucionaria iraní, Ali Azmaei, «anoche, el petrolero Trend, con bandera de Togo, intentó atravesar ilegalmente el estrecho de Ormuz con la instigación y el engaño del Ejército estadounidense, responsable de asesinatos de niños, pero fue alcanzado y detenido tras declararse un incendio».
Azmaei advirtió además que los buques que traten de cruzar Ormuz sin su permiso «no tendrán otra consecuencia que la destrucción». La agencia británica de Operaciones Comerciales Marítimas, UKMTO, informó anoche de un «incidente de seguridad» cerca de la costa de Omán, aunque no ofreció más detalles.
El estrecho de Ormuz se ha convertido en la principal medida de presión de Irán en el conflicto, después de que el país bloqueara la vía tras el comienzo de la guerra el 28 de febrero. Según la fuente, esa decisión ha logrado paralizar casi todas las exportaciones de petróleo, y Teherán exige que los buques que quieran cruzarlo obtengan su permiso.
Estados Unidos, por su parte, ha establecido un cerco a puertos y buques iraníes y en las últimas semanas ha logrado restablecer parte del tráfico marítimo a través del estrecho por una ruta meridional cercana a Omán, según coinciden expertos en petróleo y Oriente Medio. En el último mes, Irán y Estados Unidos han atacado buques en la zona en su pulso por el control de esta vía estratégica.
El dato importa más que el ruido: un paso marítimo que antes concentraba un 20 por ciento del crudo mundial se ha transformado en una herramienta de coerción. Cuando un Estado convierte una ruta comercial en palanca de guerra, el costo no lo pagan solo los gobiernos rivales; lo absorben también los mercados, las aseguradoras, los navieros y, al final, los consumidores.
Conviene mirar los incentivos. Si la amenaza de destrucción sustituye a la libertad de tránsito, la economía internacional entra en una lógica de permiso y castigo incompatible con el orden comercial. La verdadera fragilidad no está solo en el estrecho, sino en la facilidad con que el aparato estatal puede perturbar una infraestructura que sostiene el intercambio global.

