La Guardia Revolucionaria de Irán celebró este jueves la retirada de las tropas estadounidenses de Irak como el «inicio de la expulsión» de Estados Unidos de Oriente Medio y como una victoria del llamado Eje de la Resistencia.
En un comunicado recogido por medios iraníes, el cuerpo militar de élite afirmó que la expulsión de Estados Unidos de Irak es el comienzo de su salida de toda Asia Occidental y del territorio de la umma islámica. También sostuvo que Washington debe «abandonar» la región y dejar «la gestión de la seguridad a los propios pueblos».
La retórica de Teherán no se limitó al plano simbólico. La Guardia Revolucionaria aseguró que dos décadas de presencia estadounidense en suelo iraquí solo han traído «inseguridad, terrorismo e inestabilidad». Añadió que Irak, «orgulloso y libre», se levanta sobre «las ruinas de veinte años de ocupación» y contempla «el amanecer de la independencia».
El mensaje tiene una lectura inmediata: Irán intenta convertir una retirada militar en una victoria estratégica. Conviene mirar los incentivos. Si Washington reduce su presencia, los actores más armados y mejor organizados buscarán ocupar el espacio que deja atrás. En ese terreno, la disputa no es retórica sino material: control de seguridad, capacidad de coerción y peso político dentro de Irak.
La propia nota reconoce que la salida de las tropas estadounidenses supone un éxito del Eje de la Resistencia, la alianza informal formada por organizaciones como Hizbulá, los hutíes del Yemen, Hamás, la Yihad Islámica y milicias en Irak, entre otros. También recuerda que varias milicias armadas iraquíes alineadas con Irán, algunas acusadas de terrorismo por EE.UU., consideran el fin de la presencia de «fuerzas extranjeras» como una condición para entregar sus armas al Gobierno de Bagdad.
Pero esa transición dista de estar resuelta. La alianza de milicias proiraníes Resistencia Islámica de Irak anunció que rechaza someterse a un plazo para entregar sus armas y denunció que aviones estadounidenses siguen operando en el país pese a la conclusión de la misión de la coalición internacional.
La retirada fue completada el miércoles dentro de un proceso programado y pactado con las autoridades iraquíes. El primer ministro, Alí al Zaidi, celebró «una nueva era» para el país e invitó a los grupos armados que participaron en la seguridad iraquí en los últimos años, integrados principalmente en torno a las Fuerzas de Movilización Popular, a «formar parte del corazón del Estado, no a permanecer fuera de él».
Esa frase resume el problema de fondo: Irak necesita instituciones monopolizando la fuerza, no una arquitectura paralela de milicias. Si el Estado consigue integrar a esos grupos, habrá una oportunidad de orden. Si no lo logra, la retirada estadounidense puede terminar reforzando justamente a quienes viven de la coerción y de la ambigüedad institucional.
Para Washington, la salida cierra un ciclo iniciado con la invasión de 2003 y la posterior vuelta en 2014 para combatir al Estado Islámico. Para Irak, en cambio, abre otro examen: si puede recuperar soberanía efectiva o si seguirá siendo un tablero disputado por poderes armados y por la competencia regional.
