El portavoz de la Guardia Revolucionaria iraní, Hosein Mohabi, fue categórico este sábado: la reapertura del estrecho de Ormuz no depende de las conversaciones que Irán mantiene con Omán, sino de que Washington acepte las condiciones de la República Islámica y abandone lo que Teherán llama su «enfoque intervencionista». La declaración, recogida por la agencia Tasnim, cierra en falso cualquier lectura optimista sobre un acuerdo regional inminente.
Mohabi también advirtió a Washington que se abstenga de interferir en los diálogos que Irán sostiene no solo con Omán, sino en otros encuentros previstos en la región. El mensaje es doble: Teherán reconoce que hay conversaciones en marcha, pero deja claro que su resultado depende de una capitulación política de Estados Unidos, no de la mediación omaní.
El contraste con la posición del Ministerio de Exteriores iraní es llamativo. Hace unos días, el portavoz Esmaeil Baqaei había informado de un principio de acuerdo con Omán para gestionar de manera conjunta una nueva ruta marítima a través del estrecho. Que la Guardia Revolucionaria salga a desmentir ese optimismo —o al menos a condicionarlo duramente— revela la tensión interna entre los distintos centros de poder en Teherán y la dificultad de cualquier interlocutor externo para obtener compromisos vinculantes.
El estrecho de Ormuz es el cuello de botella energético más sensible del planeta: por él transita una parte sustancial del petróleo que abastece a los mercados globales. Cualquier restricción al tráfico eleva de inmediato los costos del transporte marítimo y presiona los precios del crudo, con consecuencias directas para economías importadoras y para la estabilidad de los mercados de materias primas.
Conviene mirar los incentivos. Irán obtiene visibilidad y poder de negociación precisamente mientras mantiene la amenaza activa sobre Ormuz. Una reapertura sin contrapartidas equivaldría, desde la lógica del régimen, a ceder sin recibir nada. El cierre o la amenaza de cierre del estrecho es, en ese sentido, uno de los pocos instrumentos de presión que Teherán puede activar sin cruzar el umbral de un conflicto armado directo.
El dato importa más que el ruido. Lo relevante no es el comunicado de Baqaei sobre el acuerdo con Omán, sino la declaración de Mohabi, que representa al brazo armado del Estado iraní y que, históricamente, ha tenido la última palabra en las decisiones de seguridad marítima en el Golfo. Mientras la Guardia Revolucionaria fije condiciones políticas a Washington como precio de entrada, la normalización del tráfico por Ormuz permanecerá suspendida en el aire.
Para el orden internacional, la situación ilustra un patrón conocido: regímenes que utilizan infraestructura crítica compartida como palanca de extorsión frente a potencias que prefieren la negociación a la confrontación. La historia sugiere cautela ante cualquier anuncio de avance diplomático que no venga acompañado de garantías verificables y de un cambio de posición explícito por parte de quien controla, en los hechos, el acceso al estrecho.

