La Guardia Revolucionaria de Irán anunció en la madrugada del domingo, a través de la radiodifusora estatal IRIB, que el estrecho de Ormuz permanecerá cerrado «hasta nuevo aviso». El comunicado advierte que cualquier intento extranjero de abrir una «ruta ilegal» en la región recibirá una respuesta contundente, y que acciones de Estados Unidos contra Irán podrían derivar en ataques contra bases enemigas en la región.
El cuerpo armado iraní justificó la decisión señalando que varias embarcaciones ignoraron la advertencia de transitar exclusivamente por una zona autorizada. Según IRIB, un buque puso en peligro la seguridad marítima, por lo que la armada de la Guardia Revolucionaria lo detuvo tras realizar disparos de advertencia.
Las autoridades iraníes precisaron que no permitirán el paso de embarcaciones mientras continúe lo que denominan «interferencia» de Estados Unidos en el estrecho.
El anuncio llegó horas después de que el ministro de Exteriores iraní, Abás Araqchí, acusara a Washington de haber «violado el párrafo 9 del memorando de entendimiento» entre ambas partes. La disputa se origina en la decisión de Washington de imponer nuevas sanciones contra el entorno del líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí. Según Araqchí, ese «incumplimiento» «se suma a otras vulneraciones y errores» del país norteamericano.
Estados Unidos e Irán firmaron el pasado 17 de junio un memorando de entendimiento para poner fin a la guerra, desbloquear el estrecho de Ormuz y abrir negociaciones sobre el programa nuclear iraní. Sin embargo, en los días posteriores se han producido nuevos ataques cruzados en Oriente Medio, lo que revela la fragilidad del acuerdo.
Conviene mirar los incentivos. El estrecho de Ormuz es la garganta por la que transita una porción sustancial del petróleo mundial; su cierre, incluso temporal, tiene consecuencias inmediatas sobre los precios de la energía y sobre las cadenas de suministro globales. Teherán lo sabe, y esa es precisamente la palanca que ejerce.
La historia sugiere cautela. El memorando del 17 de junio fue presentado como un punto de inflexión; semanas después, la Guardia Revolucionaria bloquea la vía marítima y amenaza con atacar bases regionales. El dato importa más que el ruido diplomático: los acuerdos con regímenes que no rinden cuentas a sus ciudadanos ni a mercados abiertos tienen una vida útil limitada. La administración Trump enfrenta ahora la prueba de si las sanciones impuestas —herramienta de presión legítima— se sostienen frente a la escalada iraní, o si Teherán logra convertir el bloqueo en moneda de negociación para aliviar la presión económica sobre su aparato de poder. El orden internacional en el Golfo Pérsico no se restablece con comunicados; se restablece con consecuencias creíbles.

