La Guardia Revolucionaria iraní afirmó este lunes haber atacado bases militares estadounidenses en Jordania y Kuwait, en lo que describió como respuesta a las «repetidas agresiones estadounidenses» contra territorio iraní. Según un comunicado citado por la agencia Tasnim, sus fuerzas aeroespaciales lanzaron misiles balísticos contra el aeropuerto de Áqaba, en Jordania, apuntando a aviones de transporte pesado C-17 y aeronaves de mando y control P-8, y aseguraron que varios de ellos sufrieron «graves daños».
En un segundo comunicado, la Guardia afirmó haber atacado con drones la base estadounidense de Ali al Salem, en Kuwait, «destruyendo por completo» un sistema de radar de alerta temprana, además de alcanzar un hangar de equipos de aviación y otro destinado a drones MQ-9. Esta madrugada también se reportaron ataques iraníes contra objetivos estadounidenses en Baréin, donde el Ministerio del Interior activó por tercera vez en la jornada las sirenas de alerta aérea y pidió a la población dirigirse al lugar seguro más cercano.
Kuwait confirmó que sus defensas aéreas estaban haciendo frente a nuevos ataques con drones «hostiles», calificando la situación de «agresión iraní». Washington, por su parte, no emitió reacción oficial inmediata ante las afirmaciones de Teherán.
La escalada se produce en el marco de lo que los medios iraníes describen como la décima noche consecutiva de ataques estadounidenses contra territorio iraní. Explosiones fueron reportadas en varias ciudades del país, entre ellas Tabriz, en el noroeste; Chabahar y Konarak, en el sureste; y en las ciudades portuarias y centros energéticos de Mashahr e Imán Jomeiní. Los medios iraníes no informaron de víctimas ni de daños en esas localidades.
El dato importa más que el ruido. La secuencia —diez noches de bombardeos estadounidenses, ahora respondidos con ataques declarados sobre tres países aliados de Washington— señala un umbral de escalada que los mercados energéticos y las cancillerías del Golfo no pueden ignorar. Jordania y Kuwait son socios estratégicos de EE.UU. con presencia militar activa; cualquier daño confirmado a activos como los C-17 o los sistemas de radar elevaría la presión sobre la administración Trump para responder con mayor contundencia o negociar un cese antes de que el conflicto desborde las fronteras iraníes.
Conviene mirar los incentivos. Irán tiene razones para magnificar sus éxitos tácticos ante una audiencia doméstica sometida a bombardeos continuos; EE.UU. tiene razones para no confirmar daños que fortalecerían la narrativa de Teherán. Mientras ambas partes administran la información, la infraestructura energética del Golfo —y con ella la estabilidad de los precios globales— permanece en el centro de una partida cuyo tablero se amplía cada noche.

