El presidente Donald Trump renovó el jueves sus acusaciones sobre presunta manipulación electoral en los comicios de 2020, señalando a China y a aliados como responsables de su derrota ante Joe Biden. La respuesta de Pekín fue calificar las acusaciones de «invento»; el Kremlin las descartó como señalamientos sin respaldo probatorio. Hasta ahí, un ciclo conocido.
Lo que no estaba en el guion fue la intervención de Teherán. El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araqchi, tomó el episodio como tribuna y redirigió el foco hacia Israel. «Los estadounidenses están siendo advertidos sobre una injerencia extranjera. ¿Qué decir de la extensa campaña israelí para engañar al Gobierno estadounidense y obligarlo a participar en una guerra innecesaria?», escribió Araqchi en redes sociales, en referencia al conflicto en el que Irán es parte directa.
El canciller iraní fue más lejos: acusó a Israel de aplastar cualquier crítica mediante una campaña de propaganda financiada, según sus palabras, «con el dinero de los contribuyentes estadounidenses», y advirtió que «todo se les va a desmoronar». El tono mesiánico no es nuevo en la retórica de Teherán, pero el momento elegido —una disputa electoral interna en Washington— revela una intención táctica clara: insertar a Israel en el debate doméstico estadounidense cuando la atención pública está elevada.
Para apuntalar su argumento, Araqchi adjuntó una nota publicada esta semana por la revista Time, que apunta a Brad Parscale —exasesor de campaña de Trump— como director de una campaña de propaganda israelí. El propio Parscale reconoció al medio que la operación tenía como objetivo evitar que jóvenes conservadores se alejaran de Israel. Esa admisión es el único hecho documentado en la cadena; el resto son señalamientos que Araqchi hace en nombre del régimen iraní, no conclusiones verificadas de forma independiente.
Conviene mirar los incentivos. Irán atraviesa un momento de presión acumulada: sanciones renovadas, la sombra de negociaciones nucleares estancadas y el desgaste militar de sus aliados regionales. En ese contexto, introducir ruido en la relación Washington-Tel Aviv no es retórica espontánea; es política exterior por otros medios. Teherán sabe que una grieta entre la Casa Blanca y el lobby pro-Israel —por pequeña que sea— le otorga margen de maniobra diplomático.
El dato importa más que el ruido. Lo relevante no es que Araqchi haya tuiteado: es que eligió hacerlo en el preciso instante en que Trump agitaba el fantasma de la injerencia extranjera. La jugada busca contaminar el debate, no esclarecerlo. Un régimen que financia milicias en cuatro países y que ha sido señalado por organismos internacionales como actor desestabilizador regional difícilmente ocupa la posición moral de árbitro de la transparencia electoral en democracias ajenas.
Desde la línea editorial de este medio, la maniobra merece ser nombrada con precisión: Teherán no denuncia la injerencia; la practica con otros instrumentos y, cuando le conviene, la señala en terceros. La alianza entre Washington y Jerusalem tiene tensiones reales que el debate democrático estadounidense puede y debe procesar. Que el régimen iraní pretenda oficiar de fiscal en ese proceso es, en el mejor de los casos, una ironía; en el peor, una operación de influencia más sofisticada que el mensaje que la acompaña.

