El portavoz del Comando Unificado Khatam al-Anbiya, Ebrahim Zolfaghari, declaró que Irán no permitirá, «bajo ninguna circunstancia», que Estados Unidos «interfiera en la gestión del estrecho de Ormuz». El comunicado llegó horas después de que el presidente Donald Trump anunciara que Washington se convertirá en el «guardián» de ese paso marítimo y que debería ser compensado por protegerlo.
El texto iraní va más allá de la retórica habitual. Zolfaghari advirtió que las fuerzas armadas de la República Islámica «reaccionarían con severidad» ante cualquier «perturbación e inseguridad» provocada por unidades estadounidenses en el paso de buques mercantes y petroleros que circulen fuera de las rutas designadas por Teherán y sin autorización de sus fuerzas armadas.
El alcance de la advertencia se extiende a terceros países. El Comando Khatam al-Anbiya señaló que cualquier cooperación logística o apoyo a las unidades del ejército de Estados Unidos será considerado por Irán como «una guerra contra la soberanía y la seguridad nacional» de la República Islámica. La responsabilidad de «cualquier situación de inseguridad y de la propagación de la guerra en la región», según el comunicado, recaerá sobre Washington y los países que colaboren con él.
El régimen iraní calificó además el historial estadounidense en el estrecho como «repetido aventurerismo y fechorías» que han puesto «gravemente en peligro la seguridad regional, el comercio internacional y el paso de petroleros y buques mercantes».
El estrecho de Ormuz es el punto de tránsito de una porción sustancial del comercio energético global. Cualquier interrupción en ese corredor repercute de inmediato en los precios del crudo y en las cadenas de suministro industriales de Asia, Europa y América.
Lo que el episodio revela
La escalada verbal confirma que la política de Trump de presión máxima sobre Teherán ha llegado a un punto de fricción directa sobre infraestructura crítica global. La declaración de «guardián» del estrecho no es solo retórica: implica una postura operativa que Irán interpreta como una amenaza a su control sobre aguas que considera propias.
Conviene mirar los incentivos. Teherán sabe que una confrontación abierta en Ormuz dispararía el precio del petróleo, lo que paradójicamente podría aliviar la presión financiera que las sanciones le imponen. Washington, por su parte, tiene razones para demostrar músculo ante aliados del Golfo que financian estabilidad regional. Entre ambas lógicas, el riesgo de un incidente no calculado —un buque mercante interceptado, un rozamiento naval— es real. La historia sugiere cautela: los estrechos no perdonan los errores de cálculo.

