El Cuartel General Central Jatam al Anbiya, organismo que coordina al Ejército regular iraní y a la Guardia Revolucionaria, emitió este miércoles una advertencia directa: si Estados Unidos bombardea instalaciones nucleares u otros centros estratégicos de la República Islámica, Irán lanzará ataques contra los intereses estadounidenses, sus aliados y cualquier país que respalde a Washington militar o logísticamente.
La amenaza responde de forma explícita a las declaraciones del presidente Donald Trump, quien señaló que atacaría «muy pronto y con mucha fuerza» el complejo subterráneo de Montaña Pico. Dicha instalación, excavada en una zona montañosa de difícil acceso para la aviación convencional, es señalada por los servicios de inteligencia estadounidenses por sus presuntos vínculos con el programa nuclear iraní, según la fuente.
En su comunicado, las fuerzas iraníes subrayaron que toda incursión contra sus centros sensibles será interpretada como una escalada directa de las hostilidades a nivel regional, y que todas las posiciones y activos de las naciones que apoyen a Washington se convertirán en objetivos de represalias de gran alcance.
El cruce de amenazas se inscribe en una escalada sostenida. Las fuerzas estadounidenses completaron once noches consecutivas de bombardeos sobre diversas regiones de Irán, con especial intensidad en el sur del país. Como respuesta, Teherán ha desplegado ataques con misiles y drones contra bases e instalaciones estadounidenses en Baréin, Kuwait y Jordania, según reportó EFE.
El dato importa más que el ruido. Lo que está sobre la mesa no es ya una escaramuza de baja intensidad ni una ronda más de presión diplomática: es la amenaza explícita de una guerra de teatro ampliado, con aliados regionales de Washington convertidos en blancos declarados. Países como Baréin, Kuwait y Jordania —que albergan bases o facilitan logística estadounidense— quedan, según el comunicado iraní, formalmente expuestos a represalias.
Conviene mirar los incentivos. Para Teherán, la amenaza de extender el conflicto a terceros países cumple una función disuasoria clásica: elevar el costo político de cualquier operación contra sus instalaciones nucleares, forzando a Washington a calcular no solo el daño que puede infligir, sino el que sus socios regionales estarían dispuestos a absorber. La administración Trump, por su parte, ha optado por una postura de máxima presión militar que contrasta con años de negociaciones que no lograron detener el avance del programa nuclear iraní. El equilibrio entre disuasión y escalada es, en este momento, el eje sobre el que gira la seguridad de todo Oriente Medio. La historia sugiere cautela: cuando dos partes anuncian públicamente sus líneas rojas, el margen para el error de cálculo se estrecha de manera peligrosa.

