Teherán escaló su retórica de disuasión el miércoles con una batería de declaraciones coordinadas. El ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, el alto mando militar conjunto y otras figuras iraníes formularon advertencias que van desde represalias directas contra Estados Unidos hasta acciones sobre infraestructuras energéticas y rutas estratégicas de la región, condicionadas a que se produzcan nuevas ofensivas estadounidenses.
Araghchi fue el portavoz más explícito. En un mensaje difundido en redes sociales, el jefe de la diplomacia iraní resumió la postura del régimen en una frase: «Nuestra doctrina de defensa es clara: ojo por ojo». Añadió que cualquier ataque contra territorio iraní, incluidas instalaciones de infraestructura, «obligará a una respuesta poderosa y decisiva». La advertencia más significativa fue la extensión del blanco potencial: según Araghchi, los Estados que faciliten apoyo militar, logístico «o de otra naturaleza» también serán «considerados objetivos legítimos».
El alto mando militar conjunto iraní, por su parte, advirtió que las reiteradas amenazas del presidente Donald Trump contra instalaciones iraníes podrían provocar una escalada regional y ampliar el conflicto más allá de las actuales zonas de combate. Las fuerzas armadas iraníes afirmaron además que, si Estados Unidos ejecuta nuevas operaciones militares, el régimen bloqueará el flujo de petróleo que atraviesa el Golfo y dirigirá ataques contra instalaciones petroleras, gasíferas, eléctricas y otras infraestructuras económicas consideradas estratégicas en la región.
Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní y uno de los principales negociadores del régimen, concentró su mensaje en el petróleo. «En una región donde nosotros no vendemos petróleo, nadie venderá petróleo», escribió en X. Ghalibaf sostuvo que el Estrecho de Ormuz «no volverá a las condiciones previas a la guerra», un señalamiento directo al paso por el que, antes del conflicto actual, transitaba aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado comercializados a nivel internacional.
En paralelo, el viceministro de Asuntos Exteriores, Kazem Gharibabadi, se reunió en Teherán con embajadores y encargados de negocios de 25 países europeos para exponer la posición oficial del régimen. Gharibabadi afirmó que Irán «defenderá resueltamente nuestra patria y nuestros intereses nacionales» ante cualquier nueva ofensiva. Dirigió críticas a gobiernos europeos que, según Teherán, permitieron el uso de su territorio para apoyar operaciones militares estadounidenses contra Irán, y reclamó que Europa actúe como «la fuerza impulsora de la diplomacia, no un seguidor del poder del agresor».
El régimen también descartó que las operaciones estadounidenses hayan producido resultados estratégicos. «Estas guerras no han creado ganancias estratégicas para Estados Unidos y solo ponen en peligro la paz y la seguridad regional y mundial», declaró Gharibabadi.
Conviene mirar los incentivos. La amenaza sobre el Estrecho de Ormuz no es retórica menor: una interrupción sostenida del tráfico energético en ese corredor afectaría mercados globales con una velocidad que ninguna sanción diplomática puede replicar. Teherán lo sabe, y por eso Ghalibaf eligió ese lenguaje con precisión. El dato importa más que el ruido: la pregunta relevante no es si Irán puede ejecutar esas amenazas, sino si Washington y sus aliados europeos —algunos de los cuales recibieron esta semana una advertencia directa en su propia capital— tienen una estrategia de disuasión que las vuelva inviables. La historia sugiere cautela ante regímenes que han convertido la ambigüedad calculada en su principal activo negociador.

