El primer ministro iraquí, Ali al Zaidi, viajó este jueves a Teherán invitado por el presidente iraní, Masud Pezeshkian, apenas una semana después de regresar de Washington. La visita es la segunda salida oficial del nuevo jefe del Ejecutivo iraquí al exterior y llega en un momento de escalada en Oriente Medio.
La agenda central del viaje es el gas. Irak depende en gran medida del suministro de gas natural iraní para alimentar sus centrales eléctricas, y las continuas interrupciones derivadas del conflicto regional han golpeado con severidad el sistema eléctrico del país, llegando a amenazar una caída de la red. Bagdad ha reconocido que no disponía de una alternativa inmediata suficiente, aunque ha intentado diversificar sus fuentes de suministro.
Además del expediente energético, las conversaciones abordarán «la situación actual de la región», según declaró el portavoz del Gobierno iraquí, Haider al Aboudi, a la agencia oficial de noticias INA. Al Aboudi subrayó que Irak «impulsa una iniciativa basada en soluciones diplomáticas» y que el país «se ha recuperado y no formó parte de los ejes del conflicto» al adherirse «al principio de no injerencia en los asuntos de otros países».
El contraste con el viaje a Washington es llamativo. En la capital estadounidense, Al Zaidi firmó 48 acuerdos y memorandos de entendimiento con empresas estadounidenses y se reunió con el presidente Donald Trump en la Casa Blanca. Ambos mandatarios acordaron avanzar hacia una «alianza económica estratégica integral», según la misma fuente. El portavoz iraquí describió el rumbo del Gobierno como una «mayor apertura internacional en función de los intereses económicos del país».
Sobre la cuestión del control del armamento de grupos estatales —un punto de fricción histórica con Washington—, Al Aboudi fue escueto: ese asunto se tratará «únicamente en Bagdad». El primer ministro tiene previsto, además, un tercer viaje oficial a Turquía antes de que termine julio.
El dato importa más que el ruido. Bagdad no elige entre Washington y Teherán; necesita a ambos, y lo dice sin ambages. La dependencia energética de Irán es una vulnerabilidad estructural que ningún memorando con empresas estadounidenses resuelve de la noche a la mañana. Mientras esa asimetría persista, Irán conserva un palanca real sobre la política interna iraquí, independientemente de cuántos acuerdos comerciales se firmen en la Casa Blanca.
Conviene mirar los incentivos. Para la administración Trump, Irak es un activo geopolítico que vale la pena cultivar con inversión privada antes que con presencia militar. Para Teherán, mantener a Bagdad en una dependencia energética gestionable es más barato y más eficaz que cualquier proxy armado. El equilibrio iraquí, presentado como diplomacia soberana, refleja en realidad una fragilidad de mercado que solo la diversificación energética —y no la retórica de la no injerencia— podrá corregir a largo plazo.

