El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) deportó a Reino Unido al influencer británico de ultraderecha Milo Yiannopoulos, dos días después de detenerlo en un aeropuerto de Nueva Orleans. Un portavoz del Departamento de Seguridad Nacional confirmó la deportación a la cadena CNN.
Yiannopoulos, de 41 años, fue arrestado por agentes migratorios y trasladado a unas instalaciones en Alexandria, Luisiana. Se encontraba en la ciudad, según la información disponible, para asistir a un concierto del rapero Ye, antes conocido como Kanye West, de quien actualmente se desempeñaba como portavoz.
El británico saltó a la notoriedad hace una década como escritor de la web ultraconservadora Breitbart News, donde colaboró entre 2014 y 2017. Después asesoró a la excongresista republicana Marjorie Taylor Greene y al supremacista blanco Nick Fuentes, y participó en la breve campaña presidencial de 2024 de Ye.
Durante años, Yiannopoulos fue uno de los rostros más visibles del ala más radical del trumpismo. En redes sociales respaldó la agenda migratoria de Donald Trump y pidió «inmunidad total para los agentes de ICE mientras están en funciones», al tiempo que insistía en que el gobierno debía deportar «a millones y millones de personas».
Esa postura se revirtió recientemente. Yiannopoulos acusó a Trump de corrupción y de estar influenciado por Israel, y criticó su manejo de los archivos del caso del pederasta Jeffrey Epstein. El giro le costó críticas de figuras cercanas al presidente, entre ellas la influencer Laura Loomer.
Conviene mirar los incentivos antes que el ruido de la polémica. El aparato de aplicación migratoria que Yiannopoulos reclamaba para otros —sin excepciones, sin matices, con «inmunidad total» para quienes lo ejecutan— terminó por alcanzarlo a él. No hay en las fuentes disponibles indicio de que su detención responda a algo distinto de un procedimiento migratorio ordinario; tampoco hay evidencia de trato preferencial ni de represalia política, más allá de la coincidencia temporal con sus críticas recientes al presidente.
La historia sugiere cautela frente a quienes piden para el Estado poderes que luego reclaman no sufrir en carne propia. Un sistema de control fronterizo que se aplica con reglas parejas —y no según la lealtad ideológica del momento— es precisamente lo que distingue el estado de derecho de la arbitrariedad que muchos de sus críticos progresistas le atribuyen sin matices a la política migratoria de esta administración. El caso Yiannopoulos, con toda su carga de excentricidad mediática, deja una lección más sobria: la coherencia institucional no depende de si el afectado fue ayer aliado o adversario del poder de turno.
Queda pendiente, eso sí, la fractura interna que el propio caso expone dentro del trumpismo más beligerante, entre quienes defienden a Trump sin condiciones y quienes, como Yiannopoulos, empezaron a cuestionar su manejo del expediente Epstein. Esa disputa, más que la deportación en sí, podría tener consecuencias políticas de mayor alcance en los próximos meses.



