Anthropic dijo el jueves que una célula en el norte de Yemen utilizó Claude para intentar desarrollar armas teledirigidas. La empresa estadounidense no reveló la identidad del grupo, pero señaló que probablemente se trataba de insurgentes proiraníes que controlan gran parte del norte de Yemen, incluida la capital, Saná.
La compañía afirmó que identificó «una célula de actores maliciosos basada en el norte de Yemen» que llevaba a cabo tres programas de desarrollo de armas. Entre ellos mencionó «un cohete guiado utilizando un calculador de vuelo tipo smartphone con autoguiado», un misil balístico con un objetivo de alcance de más de 2.000 km y un proyectil con un «tipo de planeador hipersónico».
Según el informe de Anthropic, la célula usó Claude para sustituir a un equipo de ingenieros especializados en la creación de software de guiado, navegación y control de armas. La empresa añadió que no dispone de elementos que indiquen que hayan logrado desplegar un dispositivo operativo.
Anthropic también dijo que la célula realizó un lanzamiento de prueba de un cohete guiado, pero fracasó. La start-up estadounidense aseguró haber prohibido sus cuentas en cuanto identificó estas actividades ilegales y haber compartido la información para «reducir los riesgos que representan estos individuos».
El episodio se produce mientras los hutíes llevan a cabo una ofensiva de gran envergadura en Yemen. El país volvió a sumirse en la guerra en julio, tras más de cuatro años de tregua entre los hutíes y el gobierno yemenita, apoyado por Arabia Saudita. Este viernes, los hutíes tomaron una isla de gran valor estratégico en el estrecho de Bab el Mandeb y controlan este paso que da acceso al mar Rojo desde el océano Índico.
La historia sugiere cautela. Cuando una herramienta de IA comercial pasa a formar parte de programas de armas, el problema deja de ser solo técnico y se vuelve institucional. Conviene mirar los incentivos: donde la violencia organiza la economía y el poder, cualquier atajo tecnológico encuentra demanda.
Para el lector, el caso deja una lección incómoda sobre el orden internacional. La innovación privada puede multiplicar productividad y eficiencia, pero también rebajar barreras para quienes buscan militarizarla. La pregunta ya no es si la tecnología avanza, sino quién la controla y con qué disciplina. En ese equilibrio se juega una parte de la seguridad global.

