Treinta profesionales sanitarios, diez bomberos madrileños del SUMA y dos cocineros de la ONG CESAL trabajan doce horas diarias bajo toldos gigantes junto a la Concha Acústica del Parque del Este, en Caracas. El hospital de campaña desplegado por la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECID) atendió 400 pacientes el martes — entre 209 visitas nuevas del lunes y reconsultas — y el equipo prevé superar esa cifra el miércoles.
El director médico, Abel Martínez, catalán de Terrassa, enumera el cuadro clínico: heridas producidas durante la emergencia, afecciones respiratorias, lesiones de piel, contracturas en voluntarios y, de forma creciente, casos de salud mental en niños y adultos. «Estamos dando apoyo al sistema sanitario, la gente viene de forma espontánea», declaró Martínez. La frase condensa más de lo que parece: los pacientes no llegan solo por el desastre reciente, sino porque los hospitales públicos carecen de insumos y las clínicas privadas cobran en dólares.
Camilo Delgado, emigrante gallego llegado de Lugo en los años setenta, lo explica sin rodeos desde la zona de cribaje, donde espera con su mujer Petra: «Está fastidiado pagar tantos dólares en una clínica privada y en los hospitales no hay insumos». Su testimonio no es una anécdota; es el diagnóstico de dos décadas de deterioro institucional.
El psiquiatra Ricardo Angora, directivo de Médicos del Mundo y veterano de guerras y catástrofes, describe el impacto psicológico sobre la infancia: niños retraídos, cogidos al pantalón de sus padres, con ataques de ansiedad, insomnio y regresión a las camas de los progenitores. Angora señala que el miedo intergeneracional al deslave — el de 1999 en la misma zona dejó un tsunami de barro y rocas desde el Ávila — se reactivó el lunes pasado, cuando las lluvias intensas hicieron temer a los niños refugiados una repetición de aquella tragedia.
La instalación funciona como hospital de tipo uno: sin hospitalizaciones, autogestionado y automantenido, con placas solares y agua potabilizada. Cuenta con traumatología, cirugía para heridas graves, ginecología, rayos X, laboratorio y gabinete psicológico y psiquiátrico. El bombero Ramón Chaparro, de San Blas y miembro también de Bomberos Unidos, trabaja en ampliar las instalaciones y resume el contraste de la misión: «Rescatar personas de entre los escombros es increíble, pero aquí tenemos un impacto mayor en la sociedad».
El relevo del equipo está previsto para el lunes de la semana próxima.
Conviene mirar los incentivos. La cooperación española cubre, con recursos del contribuyente europeo, una brecha que el Estado venezolano ha producido durante veinte años de gestión que expulsó la inversión privada en salud y desmanteló la pública. El hospital de campaña es, al mismo tiempo, un acto de generosidad genuina y un espejo incómodo: cuando una carpa con toldos y placas solares se convierte en la mejor opción sanitaria disponible para miles de caraqueños, el problema no es la emergencia del terremoto — es la emergencia permanente que precede y seguirá a cualquier catástrofe natural. El dato importa más que el ruido: 400 pacientes en un día no buscan solo atención postraumática; buscan lo que el aparato estatal dejó de ofrecer hace tiempo.



