Donald Trump volvió a poner a Groenlandia en el centro del debate geopolítico al compartir en su red Truth Social una fotografía suya sobre la isla ártica acompañada de la frase «Hello, Greenland». El gesto, sin comunicado formal, basta para recordar que la ambición territorial es una constante de su presidencia.
Desde enero de 2025, incluso antes de tomar posesión de la Casa Blanca, Trump insistía en que Groenlandia debería estar bajo control estadounidense. A lo largo de este año y medio de mandato, el argumento se ha repetido con variaciones: motivos económicos y, sobre todo, de seguridad —el control del Ártico frente a China y Rusia—.
El mismo miércoles en que circuló la publicación, el primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, pidió a Trump respeto a la integridad territorial y al derecho a la autodeterminación de la isla. En un mensaje en su cuenta de Facebook, Nielsen fue directo: «Lamentablemente, debemos repetirlo nuevamente: Groenlandia no está en venta». Agregó que «debe respetarse la integridad territorial, el derecho internacional y nuestro derecho a la autodeterminación».
La posición de Nielsen no es novedosa, pero la reiteración revela el desgaste diplomático que genera la presión de Washington. Tanto la Unión Europea como la OTAN han rechazado en cada ocasión las pretensiones sobre el territorio autónomo dependiente de Dinamarca. Francia, por su parte, instaló un consulado en Groenlandia —descrito como señal a su soberanía— para frenar lo que calificó como la «ambición» de Trump.
En paralelo, Trump compartió en Truth Social un mapa de Venezuela pintado con la bandera estadounidense y con la leyenda «Estado 51». El mensaje llegó en un momento en que el Parlamento venezolano y un grupo de opositores anunciaron el inicio de conversaciones, apoyadas por Washington, para promover la democracia en el país. Desde la captura de Maduro, Estados Unidos ha ejercido un tutelaje sobre el gobierno de la presidenta interina, Delcy Rodríguez, con el objetivo de alcanzar una transición democrática, pero no ha establecido un calendario electoral.
Conviene mirar los incentivos. La publicación sobre Groenlandia no es un accidente de agenda: es una señal deliberada a aliados, rivales y mercados de que Washington considera el Ártico un espacio de competencia estratégica activa. El argumento de seguridad frente a Pekín y Moscú tiene sustancia real —las rutas árticas y los recursos del subsuelo groenlandés son activos de primer orden—, y eso lo distingue de la retórica vacía.
El dato importa más que el ruido. Que Nielsen deba repetir «no está en venta» dieciséis meses después del inicio del mandato indica que la presión no ha cedido y que Copenhague y Nuuk no han encontrado la fórmula para cerrar el tema. La historia sugiere cautela: las grandes potencias rara vez abandonan sus objetivos estratégicos por declaraciones de principios; los ajustan, los posponen o los reformulan. El orden internacional que Europa invoca como escudo es exactamente el que Washington está poniendo a prueba.

