El portavoz de la Guardia Revolucionaria iraní, el general Hosein Mohebi, afirmó este sábado que las Fuerzas Armadas de Irán destruyeron 11 aviones de combate y helicópteros estadounidenses «que se encontraban en tierra y desplegados en bases militares de Estados Unidos en la región» durante los quince días de combates registrados entre el 8 y el 22 de julio.
Según Mohebi, en declaraciones a la agencia Tasnim, entre las aeronaves afectadas figuran 17 drones de reconocimiento y combate —ocho de ellos nuevos—, un caza F-15 dentro de un refugio reforzado, un avión de patrulla marítima P-8, un avión de transporte C-17 y ocho aviones cisterna de reabastecimiento en vuelo.
El militar amplió la lista de daños a la infraestructura: siete centros de mando y control, tres sistemas de comunicaciones por satélite, seis radares Patriot, ocho sistemas de detección y alerta temprana, siete radares de defensa antimisiles y varios radares de largo alcance. Añadió que las bajas estadounidenses durante la escalada superan los 200 efectivos.
Estados Unidos no ha confirmado ninguna de esas cifras. Washington ha reconocido la muerte de cuatro soldados en las últimas semanas y de un total de 18 militares desde el inicio de la guerra, el 28 de febrero. La distancia entre ambas versiones —más de 200 bajas según Teherán frente a cuatro según Washington— ilustra la magnitud de la guerra de relatos que acompaña al conflicto armado.
Tras trece jornadas consecutivas de intercambio de ataques, los bombardeos no cesaron el viernes. El presidente Donald Trump afirmó que las conversaciones con Teherán continúan pese a la ruptura de la tregua, aunque declaró que no cree que Irán esté «listo» para alcanzar un acuerdo de paz definitivo.
Conviene mirar los incentivos. El régimen de los ayatolás tiene razones estructurales para inflar sus cifras: necesita presentar a su base interna una narrativa de victoria frente al poderío militar estadounidense, especialmente en un momento en que la economía iraní acumula presiones y la legitimidad del aparato revolucionario se erosiona desde adentro. Las cifras de la Guardia Revolucionaria no son un parte de guerra neutral; son un instrumento político.
El dato importa más que el ruido. Lo verificable hasta ahora es que el conflicto lleva activo desde el 28 de febrero, que Trump mantiene abierto un canal diplomático y que Washington reconoce 18 bajas propias en ese período. Cualquier evaluación estratégica sobre el balance de fuerzas debe partir de esa base, no de los comunicados de Tasnim. La historia sugiere cautela ante los triunfalismos de Teherán: el régimen ha recurrido a la exageración táctica en cada escalada previa. Lo que sí está en juego, con independencia de las cifras exactas, es la capacidad disuasoria estadounidense en la región y la credibilidad del orden de seguridad que Washington proyecta sobre sus aliados del Golfo y de Israel.

