La primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, reafirmó este miércoles que Groenlandia no está en venta y que su país defenderá cada pulgada de su territorio. Sus declaraciones llegaron a la salida de la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, horas después de que el presidente Donald Trump repitiera que ese territorio insular debería estar bajo control estadounidense.
«Groenlandia, por supuesto, no está en venta», dijo Frederiksen. «Esperamos que todos, incluidos todos los aliados, respeten el derecho del pueblo groenlandés a la autodeterminación, ya que somos un Estado soberano, y necesitamos que todos respeten nuestra integridad territorial y nuestra soberanía».
La mandataria subrayó que Dinamarca está lista para defender cada pulgada del territorio de la OTAN, incluido el suyo, y recordó que uno de los motivos fundacionales de la Alianza Atlántica fue precisamente la defensa mutua entre sus miembros.
Trump, por su parte, fue directo en su diagnóstico: «Eso es lo que dañó mi relación con la OTAN, porque Groenlandia no ayuda a Dinamarca. Dinamarca no gasta dinero para ayudar realmente a Groenlandia». El presidente estadounidense añadió que Groenlandia «es una parte importante para Estados Unidos y está rodeada de barcos chinos y rusos», encuadrando la disputa en términos de competencia estratégica con Beijing y Moscú.
Trump también dirigió una advertencia más amplia a los europeos, criticando que no aceptaran su postura «con todo el dinero que EE UU gasta para ayudarles frente a Rusia». Fue más lejos aún al señalar que Washington «en realidad no tiene por qué gastar nada», dado que podría retirar a sus soldados de Europa, un continente que describió como «muy distinto a lo que era hace 20 años».
El intercambio se produjo en el marco de la cumbre de la OTAN en Ankara, escenario que amplifica el peso diplomático de cualquier fricción entre aliados. La coincidencia de ambos líderes en la misma sede convirtió lo que podría haber sido un desacuerdo bilateral en un episodio de alta visibilidad para toda la Alianza.
Lo que está en juego
Conviene mirar los incentivos. Trump no plantea la cuestión de Groenlandia como un capricho retórico: la encuadra en la competencia geopolítica con China y Rusia en el Ártico, y la vincula al reparto de cargas dentro de la OTAN. Desde esa lectura, la presión sobre Dinamarca es también un mensaje al resto de los aliados europeos sobre el costo real de la garantía de seguridad estadounidense.
El dato importa más que el ruido. Frederiksen invoca la soberanía y la autodeterminación; Trump invoca la geografía estratégica y el gasto en defensa. Ambos argumentos tienen peso propio. Lo que la coyuntura revela es que la OTAN enfrenta una tensión estructural entre su lógica de alianza colectiva y la disposición de Washington a condicionar esa alianza al comportamiento fiscal y estratégico de cada miembro. La historia sugiere cautela: las alianzas que no resuelven ese equilibrio de cargas acaban renegociándolo de formas menos ordenadas.


