A pocas horas de abandonar el poder, Francia Márquez publicó un mensaje en su cuenta de X en el que se despidió de los colombianos. «Hace décadas era imposible que una mujer afrodescendiente como yo llegara a la Vicepresidencia de la República de Colombia», escribió. La publicación coincidió con la exposición de su retrato en el pasillo donde reposan las imágenes de todos sus antecesores en el cargo.
En el mensaje, Márquez extendió la cita: «Hoy quiero agradecer al pueblo colombiano por permitirme gobernar este país durante estos cuatro años, mandato que asumí con el corazón bien puesto. Abrimos las puertas para que no se cierren jamás, para que las niñas, niños, la juventud, las y los líderes sociales y las mujeres en toda su diversidad, desde todos los territorios, sueñen y se atrevan a ocupar el Estado en favor de la vida, la paz, la justicia social y la dignidad».
La despedida, sin embargo, llega tras meses de ausencia casi total del escenario público. Según la revista Semana, Márquez acumuló diferencias profundas con la forma en que Gustavo Petro condujo el gobierno. Fue crítica de los escándalos de corrupción, expresó su molestia por la falta de ejecución de obras en el Pacífico y en zonas apartadas del país, y terminó el cuatrienio distanciada del jefe de Estado.
El episodio más revelador de ese distanciamiento fue el destino del Ministerio de la Igualdad, creado precisamente para que Márquez pudiera materializar los compromisos de campaña. Según Semana, ese despacho terminó en manos de otros sectores políticos debido a su «pobre desempeño». Su única apuesta reconocida durante el período fue el fortalecimiento de las relaciones diplomáticas entre Colombia y África.
Desde la oposición, la representante del Centro Democrático Luz Marina Gordillo señaló que la presencia pública de Márquez fue «prácticamente inexistente» en la recta final del mandato. Por su parte, el representante de la Alianza Verde Mauricio Toro fue más directo: «Francia le rompió el corazón a muchos colombianos. Nos ilusionó que una mujer afro y de origen humilde ocupara la Vicepresidencia, pero al final fue una historia de desilusión, su liderazgo se evaporó, el MinIgualdad no fue capaz de consolidarse, su rol como vicepresidente fue silenciado. No supo salir de la sombra de Petro y nunca consolidó su lugar de liderazgo», declaró según Semana.
El dato importa más que el ruido. La trayectoria de Márquez ilustra con precisión el costo que el petrismo cobró a quienes se asociaron con él sin asumir sus reglas internas de poder. El aparato estatal que el gobierno construyó para ella —el Ministerio de la Igualdad— terminó siendo ocupado por otros sectores, y la vicepresidenta quedó reducida a un símbolo sin palancas reales. No es un accidente: es la lógica de un gobierno que concentró decisiones en una cúpula y dejó a sus propios aliados sin capacidad de ejecución.
Conviene mirar los incentivos. Márquez llegó al poder como promesa de transformación; salió como advertencia. Su caso confirma que el simbolismo sin instituciones sólidas, sin presupuesto ejecutado y sin autonomía real no produce política pública: produce frustración. Colombia enfrenta ahora el relevo con ese balance sobre la mesa.



